Friday, December 12, 2008
Diez crónicas de 2008
Aquí van un puñado de notas que fueron publicadas en el diario, los invito a recorrerlas.
1.- El refugio de Maruchi, la prófuga más buscada del país
“Los monstruos existen pero son demasiado poco numerosos para ser verdaderamente peligrosos; los que son verdaderamente peligrosos son los hombres comunes”.
(Si questo è un huomo, Primo Levi)
Venado Tuerto (Enviados especiales).- El camino más corto conduce al retrato de un monstruo. El aberrante crimen ocurrido hace 6 años en un pueblito bonaerense llamado Treinta de Agosto ayuda y mucho a forjarnos la imagen de una mujer sádica, fría y calculadora; un ser fuera de lo común. Sin embargo, el rastro que dejó en esta ciudad santafecina la “paseadora de perros” no da la talla con lo sobrenatural ni con lo excepcional. Por aquí, durante más de dos años, vivió un chica que se amoldó al ritmo de vida de la comunidad, que trabajó en una carnicería, en un supermercado y en una veterinaria antes de encontrar la veta económica del paseo de mascotas. Si por algo sobresalía María Magdalena Córdoba, era justamente por sus rondas callejeras detrás de una jauría. Todos, absolutamente todos en este localidad de cien mil almas, la habían visto alguna vez. “Bella”, “delgada”, “simpática”, “amable”, “sonriente”, “laburante”… la lista de adjetivos que oímos de boca de los venadenses no incluye la categoría “monstruosa”. Tomemos, entonces, el camino más largo.
A tres horas de Río Cuarto, Venado Tuerto es una ciudad rodeada por las mejores tierras del país donde extrañamente no llegó la fiebre por las torres. Aquí vienen a radicarse numerosas familias porteñas atosigadas de smog, de ruido y de la paranoia por la inseguridad. “Venado es una ciudad de gente campechana que acoge al que viene de afuera”, apunta Norma Migueles, la periodista todoterreno del diario El informe. Ninguno de los vecinos tuvo problemas en adoptar a María Magadalena Córdoba cuando pisó por primera vez el lugar, hace dos años y medio. Entonces, tenía 25 años y otro nombre: María Eugenia Pérez, así se presentó en éste su nuevo hogar.
A ella no la echó ni el smog, ni el ruido ni la inseguridad de la gran ciudad, sino una pesquisa judicial y un seguro pasaporte a la cárcel: la Justicia de Trenque Lauquen la acusaba de haber matado a su propia beba en el momento de nacer, de haber colocado el cuerpito durante dos meses en un freezer y luego haberlo arrojado en un zanjón del pueblo. Ahí lo encontraron unos chicos que jugaban distraídos.
En una comunidad tan pequeña no fue difícil atar cabos entre el hallazgo y la panza de un embarazo que Maruchi -como la conocían sus íntimos- siempre negó.
Ella es hija de una concejal de Trenque Lauquen que debió abandonar su banca cuando afloró el escándalo. La necesidad de explicar el horror teje una hipótesis: la mujer no aprobaba que su hija tuviera un hijo de una relación ocasional.
Maruchi ya tenía una hija de soltera, y habría actuado presionada por su madre. Eso creen los investigadores. Para ellos la responsabilidad de la ex concejal no se agota ahí. Sospechan que fue quien organizó la fuga y quien financiaba la estadía de Mariuchi en una quinta con pileta, que su hija alquilaba junto con su novio, en el barrio Los Pinos.
Ese era el refugio de la mujer prófuga más buscada del país, sobre la que pesaba un pedido de captura internacional, y por la que el Ministerio de Seguridad bonaerense estaba dispuesto a pagar una recompensa de 50 mil pesos.
Los Pinos es un pequeño bosque en las afueras de Venado Tuerto, una zona de descanso cuyas propiedades se alquilan a no menos de 1.200 pesos al mes. La pareja de paseadores de perros vivía en Los Fresnos 1908, acaso la parte más retirada y tranquila. El portón cerrado con un candado, rejas en la puerta de la casa, avisan que no va a ser fácil dar con Ciro Masriera. Ciro es el chico que se enamoró de la visitante de rostro perfecto, caída del cielo. Los policías que el domingo pasado irrumpieron aquí cuando la pareja disfrutaba del calor en la pileta junto con un par de amigos, confiesan que quedó atónito cuando los uniformados le dijeron el motivo por el que detenían a su novia.
Ella reaccionó diferente. Su primer instinto fue correr a refugiarse dentro de la casa. El segundo, no abrir la boca.
“Cuando la detuvimos decidió no hablar, se hacía pasar por sordomuda. Tuvimos que pedir por Internet la ficha de huellas dactilares en Pehuajó para confirmar su identidad. Pero una vez que llegó a la comisaría se quebró y no paraba de llorar”, confió Horacio Montanaro, el subjefe de la Policía Científica.
Con honestidad brutal, Montanaro reconoce que el rótulo de “la mujer prófuga más buscada del país” no significa gran cosa en una comisaría chica donde los agentes y los recursos tecnológicos escasean. “En la policía de hoy se vive al día, tratando de solucionar lo inmediato. Si no hubiera sido por la nota, ya ni nos acordábamos”.
Lo que reactivó la búsqueda fue un artículo de Clarín con la foto de la chica y el aviso de una importante recompensa monetaria para quien aportara algún dato. La nota apareció el lunes 3 de noviembre y, horas después, dos llamados -uno anónimo y el otro con nombre y apellido- les daban a los investigadores de la comisaría de Treinta de Agosto y de la fiscalía de Trenque Lauquen, dos datos clave para detenerla: pasea perros y vive en una zona de quintas de Venado Tuerto.
Sobre la pileta hoy flotan dos camillas inflables que la brisa mueve a su antojo. Un caballo con las costillas a la vista y dos perros sin demasiadas ganas de asustar a los visitantes ofician de anfitriones.
El dueño de casa no está, o no quiere hablar. Ciro es apenas una voz y un mensaje lacónico en el celular: “Ponete en mi lugar, para mi no es nada fácil este momento. Soy yo el que tiene que seguir viviendo acá”.
Las voces del desconcierto
La reacción de los lugareños cuando conocieron el pasado de la paseadora de perros que había cautivado a todos, oscila entre la tajante condena, la incredulidad y la compasión.
En medio de ese abanico están quienes la ven como un monstruo que merece la peor de las penas, y quienes creen que la suya fue la conducta de alguien que en su desesperación por abortar fue construyendo una gigantesca maquinaria de ocultamiento. En esa maquinaria hubo lugar para los detalles más siniestros, pero también para el intento de expiación. María Magadalena huyó sola, sin su madre, sin su hija que hoy tiene 9 años, arrastrando cada día una pesada mochila que no podía compartir ni siquiera con el hombre del que se había enamorado.
El desconcierto, acaso, sea la expresión que unifica a las reacciones contrapuestas que desató su caso.
Claudio, 45 años y veterinario de profesión, es una de las personas que más conoció a “María Eugenia Pérez”. En octubre de 2005 puso un aviso en el diario local para buscar una chica que le ayude a bañar los perros de su clientela. “Se presentaron 110 candidatas, me tomé el laburo de entrevistarlas a todas, hice una zaranda y dejé 20. Al final, no tenía dudas: la mejor era ella”, dice.
Hacía su trabajo a la perfección, aprendía rápido y pronto empezó a atraerle nuevos animales. Pero había algunas piezas que no encajaban, dice Claudio. Le llamaba la atención su excelente dicción y su inteligencia. Un día, la hija del veterinario llegó desconsolada a su casa porque no podía resolver una compleja ecuación para una olimpíada de matemáticas. “Ella se ofreció a ayudarla y la resolvió en dos patadas. Yo me quedé helado porque era realmente difícil. ¿Qué hacés vos acá lavando perros?, me acuerdo que le pregunté. Entonces, me contó que había salido de mochilera para conocer el país, y se enamoró de un chico y se vino para acá”.
Trabajaban diez horas al día. “Pasaba más tiempo con ella que con mi familia”, dice el veterinario, “así que imaginate que hablábamos de todo, incluso llegué a preguntarle si planeaba tener hijos y ella me decía que por ahora no, que más adelante”.
La empleada ejemplar, empezó a defeccionar cuando su patrón quiso blanquearla. “Le pedí el DNI para presentarlo en la Afip y me tenía a las vueltas, que la semana que viene, que la otra…Con mi esposa nos preguntábamos, será bohemia, no le interesará tener una obra social. Desde entonces, se vino abajo. Empezó a faltar sin dar ninguna explicación y al otro día caía como si nada. Yo le reprochaba y ella nunca reaccionaba, su mayor virtud era esa: jamás la ibas a ver enojada”.
De un día para el otro, la chica dejó de ir a la veterinaria sin dar ningún tipo de explicaciones.
Claudio fue uno de los que leyó sobre la búsqueda de Maruchi en los medios nacionales, aún hoy no sale de su sorpresa. “Uno ve tantos asesinatos y porquerías en los medios, que no lo asocié. Incluso pensé, qué hija de puta esta mina, miré la foto y nada. Al día siguiente del allanamiento, el teléfono no paraba de sonar desde temprano en la veterinaria. Así me di cuenta yo. Volví a mirar la foto del diario y, sí, no había dudas, era ella”.
Otra vez la contradicción. Claudio dice que se alegra de no haberla descubierto. “Creo que no la hubiera buchoneado”, dice. Pero enseguida agrega: “Tenés que estar muy trastornado para hacer algo así. Muchas madres que no quieren un chico, lo dejan abandonado en la puerta de una casa, pero mantener un bebé en un freezer y después vivir como si nada. ¿Cómo podés aducir emoción violenta cuando estuviste todo ese tiempo conservando el cadáver? No, fue premeditado y no le remordió ¿qué puede alegar un abogado defensor frente a un caso así? -se pregunta-. Todo esto me da tristeza, mucha tristeza”.
Mirta Medina, propietaria de un flamante hotel en Venado, es amable pero no abandona su voz de mando. “¿Son de un diario? Ah, entonces digan todo lo bueno que hizo esta chica durante el tiempo que estuvo acá”, dice.
La conoció desde hace dos años, cuando su hija trajo un Rotwailler a su casa. “Es una persona dulce, que adora los perros. Alguien que quiere a los animales no puede hacerle daño a las personas”, se convence.
“Me indignó ver que ponían su cara con un titular tan grande, no creo que algo así haya pasado. Me indigna creerlo. Eso sí, cuando me enteré de que la madre era política, chau, se me vino la vida abajo. Lo único que pido es que donde la lleven no vayan a maltratarla”, dice Mirta.
Ella fue una de las primeras clientas de la pareja, en llamar por teléfono al novio de la mujer detenida: “Lo primero que le dije es Ciro, mi perro va a seguir paseando con vos”.
Antes de mudarse a la quinta donde vivieron los últimos meses, María Magdalena y su novio eran habitués del videoclub de “Coca”. Igual que la dueña del hotel, la propietaria se resiste a creer lo que dice la causa judicial. “Si realmente es así, habrá que ver qué circunstancias de la vida la llevaron a hacer una cosa como esa. Me da pena por ella, pero sobre todo por el pibe. Todos dicen que él no sabía nada y es lógico. Si alguien te cuenta que estás acusado de algo así, salís volando”, dice.
El interrogante es una espina que sigue clavada. ¿Puede alguien convivir con semejante secreto sin compartirlo con nadie?
La duda cobra mayor dimensión si se tiene en cuenta la velocidad con la que llegaron los llamados, una vez que se difundió el monto que la provincia de Buenos Aires estaba dispuesta a pagar a quien ayudara a detenerla. ¿Alguien conocía su prontuario desde hacía tiempo y lo reflotó cuando apareció la suma tentadora? ¿O l o que la delato fue la foto de esos rasgos que de tan vistosos parecían dibujados?
Como sea, la moza del bar La Tribuna suelta el lamento. “Por la vereda de acá pasaba todos los días con sus perros. Con una compañera comentábamos eso: todos los días veíamos pasar 50 mil pesos y nosotras mirando cualquier cosa”.
La miro con atención, pero en el rostro de la moza no hay una pizca de broma. Intuyo que no debe ser la única que hoy se está preguntando lo mismo.
Buscaban un monstruo, y lo que convivía con ellos era apenas una chica y el enorme peso de su mochila.
Publicado el 16 de noviembre de 2008
2.- La sonrisa congelada
Para el imaginario de toda una ciudad, Ale Flores es el pibe de la sonrisa ladeada, hecha de dientes de leche. Esa sonrisa congelada a eternidad en una foto que lo muestra atorrante, callejero, amigo del barro. Una imagen multiplicada hasta el cansancio en los paredones y las esquinas de una ciudad que no acertaba a dar con su escondite, una imagen repetida en las crónicas periodísticas que cada 16 de marzo reflejaban la impotencia de Rosa y de Víctor, los padres adolescentes de ayer, los rostros trajinados y estragados de hoy.
Algún dibujante con trazo policial se esmeró en inventarle un rostro nuevo, adolescente, que ayude a sostener la búsqueda, a imaginar que todavía era posible su aparición con vida. “Así sería Alejandro hoy”, parecía decirnos el esforzado identikit. En el boceto aparecían unas ojeras prominentes y, no era un detalle menor, faltaba esa sonrisa salvaje.
No es fácil precisar cuándo fue que perdimos la esperanza, pero lo cierto es que, salvo sus padres, el resto se resignaba a esperar que tarde o temprano apareciese el sitio donde ocultaron su cuerpo.
En ese hueco cavado por manos manchadas con sangre durmió por años la evidencia de un crimen imperdonable. Los que lo perpetraron, acaso hayan logrado su objetivo de zafar de la cárcel y, como dice un conocido penalista cordobés, hoy tal vez estén protegidos por la coraza de la prescripción. La conciencia, si es que de eso tienen, les recordará a diario que apagaron una vida y que se desembarazaron del cuerpo del delito de la peor manera. “¿Con qué cara estos asesinos mirarán a sus hijos?”, se pregunta Víctor.
Las últimas noticias acaso aporten una bocanada de calma, un soplo de compasión. Sus papás, sus parientes, sus amigos, el chico que jugaba con él la tormentosa tarde en que se lo vio perderse con su aire indómito por la calle Carlos Rodríguez tienen un sitio donde recordarlo.
Es un primer paso, después de tantos años de desidia y de búsquedas infructuosas. Empezamos por conocer el final de la historia. Ya sabemos que no hay identikit que nos ayude a encontrarlo vital y chispeante como lo vimos desde una foto aquel verano de 1991, como lo vemos hoy. Para llegar a conocer el resto de esta vergonzante historia, queda aún un largo camino.
Publicado el 17 de septiembre de 2008
3.- El hijo de la reja (Una vida entre coreccionales y cárceles)
De la reja para adentro, inspira respeto. Su prontuario delata que fue un hombre de armas llevar, que participó de motines y fugas. Que desde los 12 y hasta los 18 estuvo en un correccional para menores de máxima seguridad, en su Mendoza natal, y el resto del tiempo hasta hoy lo dilapidó entre las cárceles de esa ciudad y de Río Cuarto. No se considera un “pesado-pesado” pero admite que “en la cárcel estoy bien visto, sé hacerme respetar”.
De la reja hacia fuera, la ecuación se invierte y Alejandro Vega González, 35 años, ojos negros siempre al borde de la lágrima, es apenas un desocupado. Un hombre en su madurez que disfrutó breves lapsos de libertad y que cada vez que golpea la puerta de un empleo se topa con la mochila de su pasado.
Tan escasos fueron esos momentos de libertad que, durante la larga confesión con el cronista, Vega González dirá “nosotros” para referirse a los presos, y “ellos” para señalar a los guardiacárceles.
Aún no puede desembarazarse de la cocaína y el alcohol, pero afirma que hace algunos años dejó los “fierros”, y que ya no se dedica al robo.
-Desde el momento que salí en el 2005 quise hacer buena letra, me puse a trabajar y no robé más. Pero después caí muchas veces preso en la central, por estado de ebriedad o por estar muy drogado y, viste cómo es, vos tenés antecedentes y los antecedentes no te ayudan, así que hace poquito yo estuve detenido porque los antecedentes no me ayudaron para nada. (N. de la R: se refiere a una causa por amenazas y violación de domicilio de la que salió absuelto). Hacía muy poquito tiempo que yo había salido absuelto de la causa de Daniela Rodríguez y, bueno, me volvieron a derivar a la cárcel hasta que (el juez Oscar) Testa resolvió absolverme de la causa.
Está libre desde el 5 de junio y ahora está abocado a buscar trabajo. Su biografía rebate cualquier argumento a favor de la rehabilitación carcelaria. Vega González es parte del enorme porcentaje de ex presidiarios que no puede reinsertarse en la rueda laboral o queda relegado a un trabajo informal.
-Ahora, tengo alguna chance de conseguir trabajo. Me están por llamar. Pero lo primero que te piden es la documentación y que te presentes con un papel de buena conducta, y apenas vos vas a pedir un papel de buena conducta te salen todos los antecedentes. Y sos rechazado, sos bochado inmediatamente. Por más que haga tiempo que no caés preso, la gente siempre te hace a un lado.
-¿En qué has intentado trabajar?
-Yo sé de carpintería, de plomería, gasista. Soy pintor, sé lustrar muebles. Muchas cosas, electricidad domiciliaria, aunque todavía me faltan hacer unos meses más para poder recibirme.
-¿Todos esos cursos los fuiste tomando en la cárcel?
-En la cárcel, sí. Aprendí arte y pintura en la cárcel de Mendoza, aprendí a dibujar en el correccional. Y cuando estuve preso, me la rebuscaba haciendo veladores, todo lo que se hace con madera en la cárcel. Veladores con palitos de helados, con encendedores, con hojas de diarios. Aprendés muchas manualidades, ocupás tu mente para pasar los días haciendo algo en tu celda. Yo ya me había adaptado a vivir con una o dos personas en la celda de Mendoza y cuando caí preso acá, acá las celdas son colectivas. Eran de diez tarimas y cuando no tenías lugar para una tarima tenías que tener una cama de fierro o dormir en el piso.
-Y eso se te hizo más complicado porque estabas acostumbrado a convivir con poca gente.
-Sí, pero te digo que yo nunca tuve problemas. Nunca peleé con nadie en Mendoza. Como ser un ajuste de cuentas, o cagarte a piñas o a puñaladas entre presos. No, nada. Y acá tampoco.
De pronto, la voz se le quiebra.
-El trato que yo he recibido entre los presos de Río Cuarto ha sido muy bueno. Yo tuve casi un año sin visitas y la misma gente me brindaba todo. Es más, me acuerdo que había una persona que me llevó a ranchear con él en el Pabellón 2 y ahora está en el Pabellón 4 donde nos trasladaron y seguíamos rancheando juntos ahí.
-¿Qué es ranchear?
-Ranchear es compartir un plato de comida. Un cigarro, muchas cosas...
Moquea y su rostro enrojece.
-¿Por qué te emocionás?
-Porque hay mucho sufrimiento por la reja. Muchas veces uno dice a mí la reja no me quiebra. Pero la persona que ha vivido presa, sabe lo que es. Porque es una cárcel y vos no savantar con vida. Y por eso mismo, vos con tus compañeros te tenés que llevar bien. Con toda la gente. Acá la mayoría de la gente de Río Cuarto, a mí me conoce. Es más, cuando ingresó Morales a la cárcel, a él le pegaron mal por la causa que él llevaba (N. de la R.: es el padrastro acusado de abuso y homicidio de Luciano, el pequeño de 4 años). Y yo hice una buena amistad con él. A él lo llevaron aislado y me mandaba a decir todos los días que lo pidiera para el pabellón porque yo tengo buena relación con el preso. Sé cómo manejarme a través de la reja. Vos sabés que está el agente penitenciario que te abre la puerta, pero el agente convive con vos en el momento que vas a pedirle algo para salir a enfermería, o a pedir una entrevista con el jefe de seguridad o para pedir una autorización. Esa es la única comunicación que vos tenés. Después, de la reja para adentro del pabellón tenés que convivir con el preso. Somos nosotros mismos los que nos ayudamos los unos a los otros, para que no haya peleas. Aunque no te discuto que hay peleas, porque es una cárcel.
-¿Cuál es la estrategia para sobrevivir adentro, cuáles son los códigos que hay que respetar?
-¿Los códigos? No ser buchón. No traicionar a la gente. Y te digo que la mayoría no la hace a pulmón, sino que lo hace con droga. Vos lo sabés, lo sabe todo el mundo. En el sentido de que vos todos los días no estás igual. En la semana podés tener seis días bien, pero un día no es el tuyo y te levantás mal, pensás mucho en tu familia, en tu novia, la mujer que amás, tus hijos...
-¿Y la droga qué papel juega ahí?
- La droga, qué sé yo, te mantiene fuera de muchas cosas. Pero, por la droga hay muchos problemas también.
-¿Cómo se maneja la droga dentro de la cárcel?
-Y, como ser, yo estaba medicado porque estaba en tratamiento. Me daban pastillas. Hay una que es antidepresiva porque muchas veces te agarrás depresión. Es más, a mí hace poco me agarraron dos ataques depresivos mal, mal y me tuvieron que poner unas inyecciones fuertísimas para calmarme. Había quedado con el cuello torcido, así. Pero era por la ansiedad, de que me faltaba la droga de la calle.
-¿Vos qué tomás?
-Soy medio adicto a la cocaína y al alcohol. Y ahora tengo que presentarme a la unidad programática para que me sigan el tratamiento y me hagan una desintoxicación, por orden del doctor Zanlungo, de Tribunales. El me derivó a una desintoxicación y tengo que presentarme sí o sí.
-¿Y a eso quién lo controla?
-El tribunal. Yo puedo salir de la droga, porque uno puede salir. Vamos a lo que es. Si vos no tenés plata, a qué recurrís si no tenés trabajo, a delinquir. Pero yo no, como te digo, yo hace un montón de tiempo que no robo ni nada de eso. Y no te ando con un arma, con nada, ni con una gilette porque me agarran con una gilette y voy preso. Pero, bueno, tengo recursos para conseguirme la droga.
-¿Cuáles son esos recursos?
-Y, voy, me hago una changa, pinto algo, pido una changa para hacer y me gasto la plata en eso. No te digo toda, porque yo tengo que comer, tengo que vestirme. No soy tan cabeza de piedra.
-¿A la droga cuándo te acercaste?
-Y, desde chico. De la época en que entré al correccional de Mendoza. El barrio San Martín, donde yo vivía, es un lugar que hoy está catalogado como zona roja en Mendoza. Es un barrio muy jodido.
-¿Por qué caíste por primera vez?
-Nosotros caímos por andar asaltando. Robábamos autos, casas, hacíamos escruche.
-¿Qué es un escruche?
-Es entrar a una casa, hacer un escalamiento, reventar una reja, entrar y apoderarte de lo que hay adentro, sin importar si hay o no gente. Te digo que nosotros una vez entramos a una casa y estaba la mujer con sus hijos y le dijimos que nos perdonara, que no llamara a la policía y que nos dejara ir. Porque no nos gustaba robar donde había criaturas, no nos gustaba hacer daño y robábamos para sobrevivir en lo que andábamos nosotros. Y no nos gustaba agarrar rehenes ni nada de eso. Me acuerdo como si fuera ayer: la señora nos dijo que nos tranquilizáramos, porque nos vio nerviosos. Nos hizo sentar. Nos dio un café a cada uno, nos abrió la puerta y nos fuimos. Hay mucha gente que sale a robar y le pega a la gente, la mata, pero ahora la cárcel de acá está llena de violadores. Vos lo sabrás, entran cuatro o cinco violadores por semana a la cárcel. Y se dedican a hacer eso, a entrar a una casa y violar a una chica, un menor, un niño, y vos fijate que el tribunal a ellos los toma como personas enfermas. Y ellos hacen daños irreparables en la criatura. En cambio, a la persona que anda delinquiendo, lo condenan a muchos años porque dicen que nosotros si salimos y seguimos robando, en cambio al violador lo toman como una persona enferma y no es una persona enferma. Porque, vamos a lo que es, tanto vos como yo somos masculinos, sabemos la necesidad que tenemos de una mujer. Si no te da para tener una mujer, sabés que hay recursos para ir y acostarte con una. Yo no sé qué gana un violador con arruinar una criatura. No, la convivencia entre nosotros y el violador, no va. Nosotros tenemos un código, y el violador con nosotros tiene que andar con la cabeza gacha y, los días de visita ellos tienen que estar sin mirarte tu visita. Porque puede ir tu hermana, tu sobrino, tu mamá y no sabés lo que puede llegar a pasar.
-¿Existe en Río Cuarto la venganza de los presos a los violadores o es un mito?
-El código que hay ahí adentro, es que el violador no tiene derecho a nada. El violador tiene que quedarse en su celda adentro, no andar por los pasillos, y hay muchos que para que no le peguen te dan un atado de cigarros o te lavan la ropa. Pero acá en la cárcel de Río Cuarto es increíble cómo vive el violador.
-¿En qué sentido? -Y, porque vive bien. Tiene las mejores fajinas. Son dateros de los guardias. Pero igual viven con miedo, las 24 horas viven con miedo, ¿por qué? por la causa, porque la causa no los acompaña en nada, no les sirve para nada. En cambio, a la persona que anda robando, se la respeta. A ellos no. Eso sí, en la cárcel de Río Cuarto no los violan, en la cárcel de Mendoza, los violadores ya llegan desde la comisaría violados. Cuando llegan a la cárcel ya son mujeres, mujeres. -¿Existe la homosexualidad entre los presos? -Vos sabés que hay homosexuales que llegan a la cárcel, y también hay otros que he visto que se han vuelto al otro bando, je. Los han empastillado y cuando se han despertado han sido violados por los mismos compañeros de celda. El tema dentro de la cárcel es jodido, muchas veces algunos no quieren hablar porque tienen miedo, no se animan a contar lo que se vive en un pabellón y más cuando uno está en el pabellón de rebeldes. Nosotros lo llamamos pabellón cachivache. Ahí es donde se encuentran las personas más peligrosas, que a cada rato andan peleando. -¿Has estado en esos pabellones? -Sí, en la población de Mendoza estuve en el pabellón de los condenados de reclusión perpetua, pero son los que más conducta tienen por el tema de que no se los capee a otra cárcel, para evitar que los trasladen. -¿A la cárcel de Río Cuarto llegaste como un pesado? -No, pesado-pesado no, pero estaba bien mirado. -¿En qué sentido, bien mirado? -Porque ya había gente de otros lados que había estado presa en Mendoza. Y ser pesado es bien mirado en la cárcel. Te tenés que hacer respetar, si no te hacés respetar vas a ser una mamita, como le dicen acá. En Mendoza le dicen un fuki, una mujer. En Mendoza estuve en varios motines; allá son unidos, no se echan atrás. Y tenés que prenderte en los motines porque o te matan a palos los guardias o te matan a puñaladas los presos. Es así. -¿Y acá? -Acá no, acá vos vas a la puerta y te le parás de mano al cobani de la reja y no va nadie con vos. Tenés que tener los huevos bien puestos para ganarte el respeto. -¿Por qué se te conoce como el tragacandados? -Eso viene de una vez que fui detenido en una casa de barrio Obrero, llegué a la comisaría de Alberdi y me tragué unos anillos y le mordí el dedo a Zuin (se refiere al comisario del barrio). De ahí me apodó el tragacandados, pero no soy eso. Lo hacía para que me largaran porque yo andaba tomado y andaba re dado vuelta de drogas, esa vez. Y después también te digo que una vez en la central me estaban pegando mal y me tuve que tragar unos anillos que tenía, y después me abrí la panza... Y me llevaron al hospital. Pero no es que lo haga para lograr la libertad, sino que te da una impotencia porque vos le querés explicar cómo son las cosas, pero ellos tienen la razón siempre. Porque ellos dicen que el trabajo de ellos es combatir la delincuencia y cuidar a las personas; eso yo no se los discuto, pero... -¿Existe la intención de querer regenerarse o hay una resignación a seguir en lo mismo? -Te cuesta un poco… te cuesta. Como ser en mi lugar, me cuesta. Hay gente que te conoce y te saluda de compromiso para no tener problemas. Y no es así, yo no soy una mala persona. A mí me gustaría que un día viniera alguien y poder llevarlo a los lugares donde yo estuve detenido. En el correccional allá de Mendoza, en la cárcel, en la colonia... A mí se me hizo mala fama por el caso Daniela (N. de la R.: la chica de 15 años que había sido llevada a Mendoza para prostituirse), pero la chica mintió. Yo nunca he explotado mujeres. Cuando estaba juntado con la madre de mis hijos, ella se prostituía. Yo no lo sabía porque estaba preso. Cuando salí, me enteré. Después, yo anduve con una chica que la mataron y que trabajaba en la calle, en Mendoza. Y hasta el día de hoy no saben quién la mató. Y la mataron de una forma que no se lo merecía. Pero a mí no me gusta que la mujer trabaje en la calle. -¿Si tuvieras que decir qué querés para tu vida? -Conseguir un buen trabajo, nada más y seguir adelante. Parar la mano ya de estar preso porque no es vida. Estás muerto en vida en una cárcel. Por más que el trato con el preso sea bueno, perdés muchas cosas, perdés días, meses, años que no se recuperan nunca más. Y perdés a tus eres queridos. Yo perdí de ver crecer a mis hijos. -¿Cuando eras chico imaginabas que iba a ser así tu vida? -Mirá, yo te digo que mi padre y mi madre nunca me hicieron faltar nada. A los tres más chicos, nos daban las mejores marcas de zapatillas, de pantalones. Nos daban lo que queríamos. Los más grandes no tuvieron esa posibilidad, pero son todos trabajadores. Tengo una hermana doctora, otro en San Luis que es chofer de una ambulancia y estudia para enfermero, tengo mis otras hermanas que trabajan con gente bien. Yo te digo que llegué hasta sexto grado, y me echaron de la escuela porque era un indio, pero ni mi viejo ni mi vieja me dieron mal ejemplo. Cuando ellos se enteraron de que había caído preso y me drogaba, los quebré, totalmente. Si en este momento mis viejos estuvieran vivos, yo estaría con ellos y ni me hubieras conocido, pero bueno, viste cómo es el destino, acá estamos conversando. Acá vivo con mi hermana, que es como mi madre. Mirá la edad que tengo y mi familia todavía sigue pendiente de mí como si fuera un niño chico. No me abandonan, pero se enojan porque estoy siempre detenido. -¿Qué te decidió a dejar los fierros? -Lo que pasa es que vos con un arma le podés quitar la vida a una persona y no sos dueño de hacer eso, ni de que te la quiten a vos tampoco. En el 2002 cuando caí no agarré nunca más un arma, porque en 5 minutos podés matar a una persona. Yo ya estoy alejado de eso. -¿Qué crees que necesita un preso para no reincidir? -Te diría que acá haría falta que hubiera un lugar para la gente que sale presa, para que se le dé trabajo. A mí me gustaría charlar con gente de los Derechos Humanos, porque ahí adentro hay muchos mal condenados, inocentes. Hay mucha gente inocente. Acá, por la duda sos culpable. En otra provincia, no. Por la duda sos inocente. -¿Cuánto demora un preso en volver a la delincuencia si no encuentra trabajo? -Tiene que ser ahí nomás, para que él se adapte y para que la gente lo vuelva a aceptar, porque si no volvés a delinquir y volvés a la cárcel. -Estuviste encerrado desde los 12 años. ¿Qué cosas aprendiste en la cárcel? -La cárcel te enseña cosas malas y cosas buenas. Te enseña a apreciar a tus seres queridos. Vos valorás hasta un pedacito de papel escrito. Aunque sea un papelito insignificante, lo guardás. Y aprendés a ahorrar plata, a saber sobrevivir. Y lo malo es que también te enseña a robar porque se te despierta la mente. Tenés mucho tiempo para pensar. Y a la vez vas ingeniándote para hacer algo malo o algo bueno. Si estás decidido a cambiar, vas a salir con pensamientos buenos. Yo me tengo que sentir capacitado para cambiar, porque ya son muchos años preso. Yo tengo que ponerme el propósito de cambiar sí o sí, para no perder la familia que me queda.
Publicado el 26 de junio de 2008
4.- La ciudad bizarra que no se ve en los folletos turísticos
Esa videoteca mundial que es YouTube no podía relegar a los riocuartenses al pasivo rol de espectador. Si bien hoy se cuentan de a cientos los que son capaces de pasarse horas buceando en el riquísimo material almacenado ahí, otros no se conforman con la búsqueda y deciden pasar del otro lado del mostrador.
El material videográfico made in Río Cuarto que fue incorporándose al sitio de Internet creado en febrero de 2005 por los jóvenes estadounidenses, Chad Hurley y Steve Chen, hoy incluye al menos 1.430 producciones.
Eso si se cuentan aquellos videos que pueden ser encontrados cuando se ingresa la palabra “Río Cuarto” al buscador de YouTube, pero la cifra crece si a esos se suman los que fueron subidos a la red sin colocar el lugar de procedencia en la escueta información que acompaña cada video.
La palabra “producción” acaso suene pretenciosa para definir algunos de los momentos que suelen inmortalizarse en el sitio, pero ya sean naif o zarpados, creativos o abúlicos, transgresivos o previsibles, a su modo dan cuenta del costado más bizarro de la ciudad, ése que no suele aparecer en los formales folletos que se reparten en las oficinas de turismo.
Cómo definir sino al video más difundido de estas pampas, ese que muestra a ocho adolescentes arrojándose desde el puente carretero a las pocas profundas aguas del río. La filmación casera tuvo su pico de visitas después de que el noticiero local Telediario lo rescatara de la red para exhibirlo en su programación, acompañado de una severa advertencia de que a nadie se le ocurra imitarlos.
La infartante secuencia que muestra al más lanzado (el término calza justo) de los acróbatas tirándose de espaldas desde una de las barandillas, o a uno de sus amigos arrojándose desde el punto más alto del puente con una sombrilla, recibió desde su publicación nada menos que 12.036 visitas. Tanta repercusión alcanzó el chapuzón colectivo que uno de ellos decidió sacudir otra vez la adrenalina de los espectadores subiendo otro videíto tan heavy como aquel en el que se lo ve haciendo una vuelta mortal… ¡montado en una bicicleta!
La pirueta, y el video, apenas si duran unos pocos segundos, los suficientes como para que se le corte la respiración a más de un desprevenido.
Previa, alcohol y reviente
Pero apenas una parte del material autóctono almacenado en YouTube pertenece a este tipo de videos que podríamos llamar de destrezas. En cambio, todo un capítulo aparte se podría llenar con las filmaciones caseras de grupos de amigotes enfiestados en alcohol, cuyo contenido, muchas veces, se limita simplemente a eso: a mostrar la velocidad con la que una vaso de fernet desaparece en sus gargantas.
Y sí, repasando esos videítos, hay mucho “Eeeea”, “Uaaaaa”, y todo tipo de onomatopeya imaginable. Pero tampoco es cuestión de escandalizarse: se sabe, los chicos de hoy toman y mucho, pero ahora además se filman, y suben las evidencias del emborrachamiento a Internet.
“Yo en una época lo usé para subir dos o tres videos. En uno puse una especie de Gran Hermano que en realidad era un jueguito de computadora que estaba editado por mí. Pero lo que nunca haría es poner ahí imágenes mías. ¿Por qué? No lo haría por pudor, porque te ve cualquiera y también cualquiera puede poner una opinión sobre eso que ve”, dice Matías Casán, un internauta de 17.
Matías dice que le dio una mirada al material que otros riocuartenses suben a la red y no parece demasiado conmovido por lo que vio: “Algunos son entretenidos, pero hay otros… -dice con tono de sentencia-. En el colegio donde voy filmaron a una chica que estaba peleando en el aula, lo hicieron con un celular y sin avisarle nada. Ahora eso puede verse en YouTube”.
“Podría ser más rico el material”
No todo lo que se ve es simple regodeo, esta vidriera virtual y gratuita puede ser muy útil cuando se la sabe aprovechar. Javier Toribio, un músico de 21 años que toca en una banda de rock, confiesa que gracias a YouTube se ahorraron el gasto que implica grabar un demo. “La verdad es que yo lo uso más para buscar cosas que para subirlas, porque ahí encontrás lo que querés. Pero en alguna oportunidad le usé para mostrar lo que nosotros hacemos y tengo que decir que me sirvió, porque gracias a eso nos terminaron llamando”,dice.
Al igual que Matías, Javier cree que entre los videos locales hay demasiado abuso “de las juntadas o previas con los amigos, me parece que podría ser más rico el material, digo, un poco más creativo”.
¿Simple exhibicionismo o necesidad de plantar bandera en la vasta red? Lo cierto es que cada vez son más los que deciden exponer parte de la vida privada o pública con la esperanza de que algún navegante recale en estas costas y, al menos por unos pocos minutos, nos rescate del anonimato.
¿Seguimos espiando?
Entre tanta acrobacia y tanto alcohol, hay por lo menos dos videos de no más de un minuto de duración que resultan inclasificables aunque, esforzándonos un poco, podrían encasillar en la categoría de “padres aburridos y babosos”.
En uno de ellos, se ve un bebé que es paseado en hombros de su padre, de una punta a otra de la vereda. No hay nada más que eso para ver. Ni siquiera se oye una palabra. El padre está tan arrobado con su carga que no se le ocurre nada para decir, y el bebé es tan nuevito que aún no adquirió los rudimentos del habla. Eso es todo. Fin.
En el otro, se oye la voz en off de un padre ¿norteamericano? que, acaso sobrepasado por la abulia de esta villa, decide filmar a sus dos hijos subiendo y bajando del ascensor del hotel donde se aloja la familia. En inglés, el tipo alcanza a decir algo así como: “y esto es un día de vacaciones aquí”.
Queda dicho, la ciudad que los internautas muestran en YouTube, no es precisamente la que promociona la secretaría de Turismo.
Pubilcado en Puntal el 20 de julio de 2008
5.- Los obreros de la pelota
Una y media de la tarde. Hora inusual para el partido. La platea está sentada en los bancos de espera de la Terminal de Omnibus, entre el colectivo que sale para Santa Rosa de La Pampa y el que calienta motores rumbo a Córdoba. En una de las plataformas, Ezequiel Bardín es exigido a fondo: le tiran alto a la derecha y ataja, lo prueban abajo casi al ras y responde, lo mismo cuando el tiro sale por sorpresa a media altura.
La escena transcurre entre los flashes del fotógrafo de PUNTAL. Algunos empiezan a mirar con curiosidad al muchacho de chaleco gris que abaraja las encomiendas al vuelo antes de colocarlas en la bodega del colectivo. Le ven cara conocida, por ahí hasta lo aplaudieron en su versión dominical, cuando el flaco de las encomiendas se calza el buzo y, se transforma en el arquero titular de Atenas.
Bardín, a los 23 años, acaba de protagonizar una de sus mejores temporadas como futbolista. A fuerza de reflejos y serenidad bajo los palos, fue uno de los puntos más altos en la asombrosa campaña del equipo de Néstor Billalva que estuvo cerca de ascender al Argentino “A” nada menos que en su primera participación en la categoría “B”.
Hasta ahí lo que la mayoría conoce de él.
Pero su rutina no se parece a la de un Caranta, un Carrizo, un Assman o un Orion, arqueros consagrados en un nivel hiperprofesional. Ninguno de ellos se levanta a la madrugada para trabajar todos los días desde las 6 de la mañana a las dos de la tarde como hace Ezequiel para poder redondear un buen ingreso entre lo que le pagan en Atenas y el sueldo que recibe en la empresa de transporte. Ninguno se engrasa hasta las pestañas como Mauro Buffali el delantero de Estudiantes que ayuda en el taller mecánico de su padre, por citar dos ejemplos.
Son simples crónicas de grandes sacrificios que ayudan a valorar de otra manera los logros. Porque cuando uno comprueba que el campañón sin precedentes del albo o el final de torneo a puro triunfo que le permitió al Celeste gambetear el descenso, se lograron con planteles integrados en su gran mayoría por jugadores cien por ciento amateurs, obligados a repartir los días de la semana entre el entrenamiento y sus trabajos o el estudio, las victorias cobran otra dimensión y hasta las derrotas son menos tremendas.
La archirrivalidad de unos y otros, queda a un costado a la hora de reconocer los méritos de los dos planteles que juegan en el Argentino “B”: ¿cuántos hinchas conocen el sacrificio que hacen esos once tipos que saltan a la cancha cada domingo?
Lo que sigue es una muestra.
“En la charla técnica se
me cerraban los ojos”
Cuando empiezan los meses de entrenamiento fuerte, Ezequiel Bardín cambia el horario. Su jefe es fana de Atenas y no le hace problemas. Además, la empresa en la que trabaja auspicia la camiseta. Todo ayuda.
-En esa época, arranco en el laburo a las 9 hasta la una de la tarde y de 4 a 8 de la tarde. Como los entrenamientos son a la siesta, no alcanzo a comer. O me mando un sánguche a las apuradas, que no te sirve porque comés más, o como una fruta. Eso sí, cuando termino el entrenamiento paso de mi abuela a tomar la leche con masitas, antes de volver acá. Dice Ezequiel en la puerta de EncoTus.
Antes de llegar a Atenas trajinó un rosario de clubes. Arrancó en Renato Cesarini, siguió por Estudiantes donde el presidente de entonces lo “regaló” a cambio de 1.500 pesos, por Talleres de Córdoba y hasta estuvo en Independiente donde no terminó de hacer pie. Volvió a remarla en Santa Eufemia, Alejo Ledesma y Adelia María hasta llegar a Atenas “de donde no me quisiera ir nunca”, dice.
Si alguien le pide pruebas de amor a la camiseta, esta es una: “Si te gusta el fútbol, hacés de todo por jugar y te juro que en la cancha nadie se da cuenta si te dedicás de lleno a esto o en la semana te tocó laburar. Pero este año, nos tocó jugar un viernes a la noche en Mendoza. Todo el plantel había viajado el día anterior pero a mí me tocó trabajar y salimos de acá en auto con el presidente del club. Llegamos a las seis y media de la tarde y el partido contra San Martín era a las diez de la noche. En la charla técnica te juro que se me cerraban los ojos, decí que el partido fue durísimo y en los primeros cinco minutos nos metieron tres o cuatro situaciones bravas. Eso me despertó y terminamos ganando el partido 1 a 0”, se ríe.
Daniel Tosco, el presidente del club de la Avenida Marconi, desborda de orgullo. “El dilema nuestro es que no estamos en un nivel profesional ni amateur, estamos a mitad de camino. Así y todo, el esfuerzo de los chicos les permitió jugar de igual a igual con un equipo gerenciado como Douglas Haig, otro que está apoyado por el gobierno de una ciudad como Patronato de Paraná, o cuadros que ya son cien por ciento profesionales como los mendocinos Maipú y San Martín. Siempre uno se encuentra con el impedimento de que en Río Cuarto los jugadores no pueden vivir del fútbol, por eso me llena de orgullo lo que hicieron”, destacó Tosco.
La lista de laburantes de la pelota en Atenas es larga: el arquero suplente, Leandro García, es viajante; “Peca” Zúñiga vende artículos para fisicoculturistas, Juan Lapis es radiólogo, Puñet y Beraldi trabajan con sus padres, el capitán Marcelo Flessia y Damiani acaban de terminar la universidad, y hay más casos…
Avenida de por medio, las cosas son parecidas. En Asociación Atlética Estudiantes están los ejemplos de José Mancinelli y su lavandería de ropa, Mauro Buffali que aprendió de su padre y de su abuelo el oficio de mecánico, Juan Palandri en el bar Square, “Cacona” Silva en Fundemur o Diego López que trabaja en la Base, a los que hay que sumar una larga lista de universitarios recibidos o al filo de lograr sus diplomas.
Para los técnicos el desafío es doble, ¿cómo obtener el máximo rendimiento de sus jugadores, sabiendo que no pueden coartarles la posibilidad de un trabajo o un estudio?
“Todo pasa por la creatividad -dice Hugo Mattea, con su clásica ronquera potenciada ahora por una delicada operación de garganta-. Te tenés que adaptar a un medio semiprofesional como el nuestro. En la zona, es más difícil todavía. Algunos equipos se ven obligados a entrenar de noche y no es lo mismo. La curva de esfuerzo va declinando con las horas. El jugador, como cualquier persona, es como una velita que se va apagando con las horas. Por ahí, te encontrás con alguien que estuvo trabajando todo el día y no podés exigirle lo máximo, tenés que tratar de que esté en el grupo y pedirle lo posible”, comentó el DT de Estudiantes.
Como ex jugador, Mattea sabe que la vida del deportista es limitada y que un oficio o un estudio serán la mejor inversión que podrán hacer mientras despuntan el vicio por la redonda. “El mundo del fútbol es muy duro, siempre fui un apasionado por esto y creo que lo importante es ser feliz con lo que se hace, por eso cada jugador tiene que tener en claro qué es lo que quiere”, remató.
El amateurismo no sólo trae consigo limitaciones. A su favor hay que apuntar la identificación de los jugadores con el club que defienden. A diferencia de lo que pasa con el alocado mercado de pases del fútbol de AFA , muchos de estos obreros de la cancha suelen permanecer varios años con la misma camiseta y terminan siendo los hinchas número uno de sus clubes.
“Mi próximo objetivo -dice Bardín, el “atajaequipajes”- es ascender con Atenas. Yo ya soy un hincha más. ¡Sería algo tremendo!”, se ilusiona.
Después de conocer los malabarismos que hacen los Ezequiel, los Mauro, los Juan, los Pablo y tantos otros para poder jugar, ¿los plateístas más impacientes aprenderán a contener la puteada cuando las cosas no salen bien?
Difícil predecirlo. Esta nota trata de sacrificios, no de milagros.
Publicado en Puntal el 15 de junio de 2008
6.- ¡No va más! (confesiones de un adicto a las tragamonedas)
Raúl se va. Una hora y media después de su catarsis, se va y lo que queda es un puñado de palabras desesperadas. Acaso un intento por desembarazarse de un vicio que amenaza destruir los últimos jirones del exitoso comerciante de 58 años, del orgulloso padre de familia, del hombre que supo enamorar a una elegante mujer, Diana (*) con la que tuvo dos hijas.
Esta mañana Raúl recordó un consejo de Jugadores Anónimos y se puso a escribir. Garabateó, en medio de la depresión todos los daños que le ocasionó a su familia por culpa de su adicción a las tragamonedas y se asustó. Calcula que en sus 30 años de jugador perdió más de un millón de pesos, puso en jaque su vida, y arrastró hacia el precipicio a los que más quiere.
¡No va más! Como en la ruleta, con la voz ronca por el tabaco, Raúl avisa que no va más. Que no hay margen para que un pleno o tres manzanas en línea lo salven.
Tocó fondo, quiere decirlo. Llegó acompañado de su esposa. “Quiero que ella también escuche”, dijo y soltó un intenso monólogo.
-Hace 42 o 43 años que juego, desde los 15 o los 16 años. Empecé en el pueblo, juntándome en el bar a jugar al chinchón primero y al póker después, pero nunca tuve una adicción tan fuerte como la que me produjeron las tragamonedas. Esta maquinita te da vuelta la cabeza, realmente te hace mal a la cabeza, deben tener algo. Justamente, esta tarde decíamos con alguien que no puede ser que te atrape de tal manera que no te puedas dominar. No hay forma de dominarse.
Yo en este momento, viste, estoy seco. Me gustaría hablar con un profesional, tener una charla, pero realmente no tengo para pagarle porque le estoy debiendo a medio mundo. Te voy a contar una anécdota. Esta no la sabe mi señora, se va a enterar esta noche: un sábado a la noche, cuando estaba todavía en la plaza, yo perdí todo el dinero. ¿Qué es lo que hice? Me fui a la Abadía, estaba lleno de gente… un calor hacía…y a conocido que veía le pedía cincuenta pesos. Hasta que juntaba 100 o 200 o 300 y volvía a la maquinita.
-¿Qué les decía para que les dieran plata?
-Que me lo prestaran porque… ¡bueno, no sé! El jugador siempre tiene un invento en el momento. Siempre buscás que te crean ¡y la gente te cree! Y resulta que estás mintiendo en forma despiadada, es decir, no tenés piedad a nada. Si tenés que mentirle o un enfermo o, no sé, a un cura lo hacés con tal de juntar el dinero para volver a jugar.
-¿Cuándo empezó con las tragamonedas?
-Apenas llegaron, hará cinco años. Al principio me las rebuscaba para ganar o perder diez a veinte pesos por día. Pero eso fue in crescendo, cada vez era más la apuesta, cada vez quería ganar más… quería salvar mi vida. Tengo un libro de Jugadores Anónimos que dice que cuando ganás soñás con hacer grandes regalos, cenas suntuosas con buen vino, buen champagne. Porque cuando ganás vivís festejando. Una vez, fuimos con ella a un casino de Río Ceballos y yo gané bien. Al día después compramos un montón de chorizos, bondiolas, escabeches… todo lo que había allá en Colonia Caroya. Y si perdés te venís con una cara a tu casa que no les das bola ni a tus hijos.
-¿Le tocó ver a otra gente desesperada dentro del casino?
-Mirá, yo no soy más que nadie, pero he visto sobre todo a las mujeres que van ahí y realmente me dan lástima, las ves apoyadas afuera en la pared, en dos secas se terminan el cigarrillo. Con frío, esperando que pase algo o alguien. Te lo estoy contando yo que estoy terminado de seco.
Se hace una cadena, una trenza de “prestame cinco”, “dame diez”, yo entraba a las 12 y le decía a ella (dice mirando a su mujer) que tenía un problema con el trabajo y llegaba más tarde. Me levantaba de la siesta y me iba ahí hasta las siete de la tarde, y entré a caer en una depresión que me fue arrastrando y arrastrando hasta que llegué a bajar 18 kilos en cinco o seis meses. Entonces, un día se armó el grupo de Jugadores Anónimos y yo fui pero me querían llevar a Córdoba porque tenían miedo de que me suicidara… y te digo la verdad, tuve un intento de suicidio. Me tiré con el auto y me salvé, se rompió todo el auto y yo no me hice nada. Desesperado, una noche salí de ahí y no pensaba en ella, no pensaba en mi suegra, ni en mis hijas, no pensaba en nada… y pastilla y pastilla para dormirme por lo menos esas dos horas o tres cuando llegaba a mi casa, y a la mañana salía a ver a quién cagaba, directamente…
Cuando dejás, estás al salto de cualquier cosa, de buscar cualquier problema para decir, vuelvo a jugar. Era un viernes a la noche y una prima de ella cumplía 50 años, entonces me dice por qué no vamos a Córdoba al cumpleaños, “no” le digo, “mirá si voy a perder de trabajar”: no alcanzó a subirse a la traffic y estaba yo en las maquinitas.
No hacen falta preguntas, Raúl está lanzado y dice:
Te voy a contar por qué volví a jugar. Había un chico de acá que se fue a Miami porque debía mucho dinero y después de 4 o 5 años una noche suena el teléfono en casa y era este muchacho que me había quedando debiendo 1.300 dólares. En esa época eran 1.300 pesos y me avisaba que me los devolvía. ¿Qué es lo que hice con los 1.300 pesos? Me fui, y después de tres años sin jugar, me metí a las maquinitas y seguí yendo. Después viene ese cumpleaños de la prima de ella, pero yo ya estaba con toda esa cosa. Me dice, no vayás a salir que están las chicas, quedate a cenar con mi mamá. Y yo, “sí, sí”... no hice nada de todas las recomendaciones.
Había estado tres años sin jugar, y era el tipo más felíz del mundo. Había hecho un grupo de amigos muy bueno, porque se desarmó el grupo de Jugadores Anónimos y entonces yo me iba al grupo de San Martín de Porres que se llama neuróticos. Lamentablemente lo fui perdiendo porque cuando caí, empezó la manga de nuevo. Osea, vos no te querés sentar con un tipo que te cuenta todos los problemas de juego y termina pidiéndote plata. No hay otra, si yo estoy con vos una hora sentado en La Barraca te voy a terminar diciendo, “loco, no tenés cincuenta mangos”.
Por primera vez interviene su esposa: -Yo me iba a lo de los amigos nuestros a pedirles que no le den, así dijera que era para mí o para las chicas, el día que a mí me falte realmente vengo y te pido yo, pero a él no le des una moneda porque sino después, cómo lo devolvés.
-¿Cómo se manejan con la economía familiar? ¿Quién administra el dinero?
-El tiene una jubilación que directamente la cobro yo -dice Diana-, y tenemos un comercio que lo manejo yo también. Osea que él se maneja con lo que trabaja acá en Río Cuarto y de eso no vemos un peso.
-¿Es decir que sigue jugando?
Diana: -Sí, sigue jugando.
-Yo jugué hasta el viernes… viernes o sábado…
-¿Cuánto tiempo puede pasar sin jugar?
D: -Un año. Las últimas dos veces que dejó, dejó un año y volvió para la misma fecha.
-En febrero, marzo, es la época en que caigo de nuevo siempre. En febrero empecé a ir algunos días, y en marzo seguí y bueno, ahora, ya se extendió.
-¿Son muchos los adictos al juego en Río Cuarto?
-Son muchísimos. Hay maestras, tipos con estudios, de todo. La escapatoria mía era esconder el auto. Iba cambiando la calle donde lo dejaba o dejaba el auto en un lado y me iba en remís. Decía que me iba a tomar café, o del muchacho tal… todo mentiras.
-¿Cambió en algo que las slots se hayan trasladado fuera de la plaza?
-Es lo mismo, un poco más incómodo nomás.
-¿Cuántas horas puede pasarse en las maquinitas hoy?
-El día completo. Lo máximo que he llegado a estar ha sido desde las 12 del mediodía hasta las 4 de la mañana. Ese fue el día en que salí con el auto y me quise suicidar. Y ahí empecé a pedir ayuda, pero no le hacía caso a nadie. Le daba la plata a ella para las vacaciones y después venían las amenazas: “dámela que es mía”.
Vos sos curdás, te tomás dos litros de vino y te vas a dormir y te levantás frescos y a lo mejor estás repiola. Esto destruye. Destruye a ella, a mis hijas, a mi nieta… a mis parientes que ya no me quieren ni invitar a cenar porque saben que cada vez que les hablaba por teléfono era para mangarlos. Tenía un primo con el que salíamos a cenar cuando yo anduve bien, pero yo hoy le hablo por teléfono y le pido diez pesos y me dice que no porque sabe que es para jugar.
Si acá hubiesen puesto un casino normal que abra a las diez y media u once de la noche y cerrara a las 4 de la mañana, como era Embalse, Alta Gracia y todos los casinos que conocemos no hubiera ocurrido esto y yo hubiera podido seguir jugando porque no era compulsivo. Me iba a Embalse una noche, me perdía 500 mangos y después por 15 días no pisaba más Embalse.
Acá la tenía de pechito porque te veía a vos que me conocías y te decía dame cien pesos y vos no me los negabas, hoy nadie me quiere dar nada porque saben que es para jugar, pero el primer tiempo que yo pedía nadie me lo negaba porque trabajaba bien y después se los devolvía. Hoy, al casino lo tenés abierto desde las nueve hasta las 7 de la mañana. Es una locura. Todas esas mujeres que van y se escapan. Recién le venía contando a ella que los otros días me encuetro a una mujer que era de mi pueblo. El marido es un laburador, no gasta un mango. Y le digo, no vas a decir nada que estuve en el casino, y me dice, y vos tampoco. Vos sabés que agarré el vicio y vengo todos los días, ando dando vueltas y lo que trabajo me lo bardeo, me dice. Y ahora quiere vender una sucesión que tiene con los hermanos porque debe querer la guita para jugarla o a lo mejor está debiendo.
-¿Cuánto cree que perdió en el juego?
-Si te digo que me he perdido un millón de pesos durante mi vida, vos me creés.
D: -A Dios gracias, no hemos perdido casa o el auto porque nunca las cosas están a nombre de él. Eso se hizo por precaución. Pero no avanzamos nunca, me entendés.
-No vivimos nunca mal.
D: -No, no vivimos mal, pero…
-Tenemos una linda casa, vivimos acá en el centro, no vivimos en una villa. Dentro de todo vivimos bien porque se cobra una jubilación que a lo mejor si la cobrara yo no comeríamos, te soy honesto, pero vos suponete: yo hace 30 años que tengo mi rebusque, soy un tipo que con jubilación y todo gano de 4 a 5 mil pesos al mes, es mucha guita no cierto. Treinta años a doce meses cuánta guita es. Son 360 meses, ponele a tres mil pesos por mes. Es un millón de pesos, el millón de pesos no está. No se compró nada. Hemos subsistido, en esos 30 años no se avanzó en nada.
-¿Cuánto llegó a jugar en una noche?
-Qué se yo. Un día me fuí con cinco mil dólares a Merlo. Me los perdí. No tenía ni para levantar los cheques, ni nada. Entonces, el gerente de un banco, que era amigo mío me dice traeme tarjetas, todo lo que tengas. Agarró una tijera, rompió todas las tarjetas de créditos que tenía. El tipo realmente se jugó por mí. Dice yo te voy a aguantar esa plata pero vos todos los días me tenés que depositar tanto dinero. Era una preocupación. Yo sabía que antes de darle de comer a mi familia tenía que depositarle todos los días. Estuve como tres o cuatro años para pagarle y siempre sin jugar. Cuando termino de pagarle, además había ahorrado 12.500 pesos para comprarme un Peugeot 504 que valía 15.800 pesos. El gerente me felicita y me dice que por el comportamiento que tuve me daba el dinero que me faltaba.
Me da la guita. Vamos a retirar el auto. Esa noche vamos a llevar a mi viejo al pueblo con el auto nuevo ¡y a la noche siguiente empecé a ir al casino de nuevo!
-¿Y cómo hacen para convivir en familia, en medio de estas recaídas?
-Dentro de todo, la convivencia es buena.
-Debe tener mucha comprensión de parte de su esposa...
D: -Se me está acabando...
-Sí, todo se termina. Ultimamente, no era de lo mejor, pero...
-¿Y cómo hace usted para hacerlo reaccionar a él?
D: -En el último tiempo, honestamente, le dijimos que se fuera, que se vaya de la casa porque mis hijas ya no son chicas. Cuando son chicas, aguantás y tolerás. Está mi mamá que es grande y lo quiere a él como un chico, lo que yo le digo es que no puede hacer sufrir a todos. Incluso mis hijas también me dicen que si lo que el quiere es jugar que se vaya. Y después cuando le agarra la depresión, también te da pena, verlo así solo porque ya no tiene a nadie. Pero ya estoy en la última. Porque es insoportable.
-Ahora, ella te lo puede decir, no soy malo en mi casa. No soy violento.
D: -No, no, para nada...
-Sólo que en un momento se me pone, y dame la plata...
D: -Es un momento en el que se nubla.
-Te perdés, honestamente, te perdés. El que no lo pasó no te lo va a entender jamás. Es una cosa por dentro que no podés estar, tengo que tomar pastillas. También fumo y no tendría que fumar porque hace poco me sacaron un tumor de la vejiga. Pasa que una cosa te lleva a la otra. Eso sí, dejé el alcohol, porque también tomaba cuando jugaba. Era capaz de tomarme una botella de alcohol y vos podés creer que no me hacía nada. Hoy, te pruebo un whisky y estoy dado vuelta.
Esta mañana me levanté a las 6 y media de la mañana y en Jugadores Anónimos me dijeron que era bueno escribir, y me puse a escribir esta mañana temprano, los daños que ocasiono yo y la verdad es que soy un desastre. Yo me doy cuenta de que soy un idiota, no te sentís nada.
-¿Habla de sus problemas con otros jugadores?
-Entre los jugadores todos nos conocemos. Al (...menciona un nombre) esto lo llevó a la muerte, murió hace dos años. Y era uno de los tipos más pícaros y más vivos para jugar. Se destacaba en el bridge. Era superinteligente para jugar.
D: -Sí, pero cómo terminó.
-¡Le estoy contando, como es la historia! (se altera y hace una pausa) Y... terminó completamente destruido por esta maquinita, lo llevó a la muerte. Sin comer, comía un sanguchito por día. Se bardeó toda la guita, murió tirado.
D: -Y lo que pasa es que la señora se hartó y lo dejó.
-Te cuento otra. Una noche salimos juntos de las maquinitas con (... nombra a otro jugador) y estábamos frente a la plaza. Garuaba y justo se ve que ahí a la par se había descompuesto una mujer y cayó la ambulancia y sale el tipo este y me dice: “¡cómo me metería adentro de esa ambulancia, que me lleven, que me internen y no me larguen nunca más!”, se ríe.
-¿Usted pensó lo mismo?
-Yo ya estuve dos días en el psiquiátrico del hospital. No sabés lo que es eso.
D: -Y ahora, hace poco, casi te mando de nuevo.
-No lo pasé mal porque te duermen, pero es deprimente.
D: -Hace dos días se atacó con el juego y cuando pierde se pone mal, y empieza a gritar, que se quiere matar y entonces dije basta. O reacciona o basta porque no da para más.
-¿Qué resultados le dio la agrupación Jugadores Anónimos?
-No, no... el grupo no engrana en Río Cuarto. Van dos. Mirá, yo no sé si es bueno o es malo. Yo creo que la salida uno es un poco el tratamiento médico y la voluntad. Porque yo fuí bastante, y te ayuda un poco pero se habla mucho del juego y cuando vos sos adicto al juego, si te siguen hablando del tema... ¡seguís prendido al juego! Vos suponete que tenés debilidad por el chocolate y yo te digo la Tita es rica, estuvimos en la fábrica de Bariloche y que se yo, para qué vas a ir, a la larga te da más deseo.
-¿Qué lo decidió a venir acá?
-Yo hoy quise poner un término, finalizar con todo esto y vivir en paz, no romperme la cabeza. No quiero más romperme la cabeza. Vos suponete que yo saqué 500 pesos prestados y me cobraron 300 de interés, hoy terminé de pagarlos.
-Se pierde la dimensión del dinero.
D: -Ahí, se pierde la noción, pero si vos le pedís 50 pesos le parece una fortuna.
-No hay peor miserable que el jugador porque querés toda la plata en tu bolsillo para jugar. No querés dar una moneda. Los otros días estábamos en la calle y había una señora tirada, entonces le doy 25 centavos y mi hija me dice “¡papá, dale un peso por lo menos!”. Osea, te duele dar un peso cuando por otro lado te bardeás dos mil mangos.
-Llama la atención que haya llegado a tal grado de adicción y que lo pueda contar con tanta lucidez, como lo hace.
-Es que tenés doble personalidad. Yo mismo me doy cuenta de que tengo doble personalidad. El jugador, y me incluyo, tiene facilidad para engañar a la gente.
-Acaso le ayudaría a salir, tener algún nuevo proyecto.
-Y proyectos tengo muchos, lo que pasa que así como los hago, los deshago. Por ejemplo, las vacaciones.
D: -Siempre íbamos de vacaciones pero cuando empezó con la inmundicia del juego van 4 o 5 años que no tenemos vacaciones. Van dos años que planea las vacaciones y cuando llega el momento...
-No, no si el año pasado fuimos.
D: -Dos años hace que cuando llega la fecha, adios a todo.
-Ah, sí hace dos años. Y quiero salir de ese mundo. Llego y a la cama. O me pongo a chatear...
D: -El lo que no entiende es que es algo desgastante para la familia. De la forma en que lo vimos la última vez, te juro que es desgastante. Yo quiero llegar a ver a mis nietas, tengo proyectos en mi vida y, dirán que soy una mala mujer, pero no me voy a hundir con él.
Mi hija le había dicho Papá, si vos me prometés que no jugás más, vas a egresar conmigo,. Y ahora me dijo que no iba a egresar con él porque no cumplió. No cumple, nos defrauda, nos defrauda y nos defrauda.
-Bueno, pero ahora si cumplo, a lo mejor puedo egresar.
D: -Esas son cosas que van lastimando, Raúl.
-Bueno, entonces tampoco voy a ir a la fiesta.
-¿Cree que su testimonio puede ayudarle a alguien?
-Creo que sí, hay gente desesperada.
-¿Y usted qué va a hacer después de esta catarsis?
-Lo mismo de hoy, no jugar. Mirá, yo cuando dejé de jugar me gustaba la música, me ponía a chatear, leía, miraba televisión. Salía a cenar, ahora no hago nada. Cero, cero, cero. Hoy estaba pensando, porque a veces carburo bien. Y hay un tema de Luis Miguel que se llama El Rey y dice “con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero” y posiblemente, al ser único hijo de chico me dieron todo y no he tenido un freno y a los 20 años me empecé a manejar solo, porque siempre me las ingenié para vivir de lo mío. Y entonces como no me podían decir nada, eso sea una cosa que hizo eclosión en este momento. No me quejo de la vida que pasé, porque conocí el país, viajé mucho con ella. Tomábamos el avión el viernes y volvíamos el lunes a Buenos Aires. Ibamos a comer a Fechorías o ir a la Recoleta. Pero todos estos años de descontrol los estoy pagando ahora con creces.
Como en la ruleta, Raúl acaba de gritar “¡no va más!”, solo que esta vez no están ni el croupier, ni hay que gire alocada, ni hay manzanas ni peras cayendo en cascada.
(*) Los nombres de los progatonistas de la nota fueron cambiados para preservar sus identidades.
Publicado el 25 de mayo de 2008
7.- Viaje al nuevo imperio ranquel
En los dominios de los Rodríguez Saa, el asfalto es una exageración. Llega a los lugares más insospechados. Incluso hasta estas dunas tapizadas de arena, al sur de Villa Mercedes.
La cinta azulada se pierde y reaparece entre las lomas por la ruta 27, un camino alternativo donde los coches son una rareza.
En ese desierto, dice Luis Garro, había un bosque de caldenes que, con los años, se hicieron humo, para alimentar a la locomotora y sus ínfulas de progreso. Hoy, estas tierras ariscas cambian de forma al antojo del viento y sólo son aptas para la ganadería, salvo que alguien esté interesado en sembrar para que a la mañana siguiente el cultivo aparezca en el lote del vecino.
Garro, del Centro de Estudios Ranquelinos, nos da la lata para hacer más llevadera la ruta monótona que parece llevar a ninguna parte. Jura que vamos bien y que en unas cuántos kilómetros toparemos con tierra ranquel.
Son 140 kilómetros desde Mercedes, osea, 260 desde Río Cuarto.
“A 260 kilómetros de Río Cuarto, por primera vez restituyen tierras a los indios ranqueles”, probamos en la libreta de apuntes, para matar el tiempo. Título largo que, rápidamente, es borroneado.
Viento de cambio
La mayoría de estos campos desérticos son tierra fiscal y despoblada. Un cartel, al borde de la ruta, anuncia el Programa Pioneros del Siglo XXI, un intento del gobierno puntano por traer colonos que lleva ya algunos años sin resultados a la vista.
Los primeros en venir, parece, serán las familias de Villa Mercedes y de Justo Daract que descienden de los ranqueles. Son 22 en total y fueron censadas por el lonco o cacique, Walter Moyetta, cuando el mayor de los Rodríguez Saá, el gobernador Alberto, decretó que 2.500 hectáreas de tierra serían devueltas a su auténtico dueño: el pueblo ranquel.
El histórico acto se cumplió el ventoso 14 de agosto de 2007, al borde de una de las dos impactantes lagunas pobladas por flamencos que están dentro del predio restituido. Hasta ahí llegó el gobernador y un colectivo con un puñado de hombres, mujeres y niños con sangre aborigen en sus ADN. “Cuando fletaron el colectivo de Villa Mercedes, el día era calmo y soleado, igualito que hoy. Pero cuando estábamos en la ruta, se levantó un viento fuerte que no aflojaba. A nosotros no nos importó, vimos en esas ráfagas un guiño de la naturaleza que nos avisaba que estábamos haciendo lo correcto, ¡pero las autoridades terminaron blancas de tierra!”, se ríe Garro.
¿Una acción de gobierno marketinera?, ¿una merecida reparación que llega demasiado tarde? Algo de marketing hay, admite Garro. El acepta a regañadientes que las autoridades se ufanen en el Festival de Cosquín o en la última Feria del Libro de Buenos Aires de una acción de gobierno que, hay que aceptarlo, no tiene precedentes en el país.
Tardanza, también hubo: unos 150 años.
Para esa época, el despojo y el exterminio estaban casi concluidos. “La comunidad ranquel fue una de las más diezmadas. A los últimos que quedaban se los dispersó en las ciudades, los tenían encerrados en conventos donde las familias adineradas iban y se servían de ellos de la peor manera: los muchachos más fuertes eran destinados a las minas o a los ingenios azucareros, las mujeres terminaban en un prostíbulo o de sirvienta…”, dicen en el Centro Ranquelino.
Tan eficaz la tarea del “conquistador” que hoy hay habitantes mercedinos convencidos de que por allí nunca vivió un indio ranquel y que, por lógica, es tarea vana buscar descendientes. Algunos de ellos, incluso, viven en “La Campaña del Desierto”, uno de los barrios más importantes de la ciudad puntana. “Es como si un barrio se llamara dictadura militar, eso implica que para algunos el descendiente de ranqueles es poco menos que un delincuente”, se enoja Garro.
La negación de los propios aborígenes que prefieren mantener oculto su linaje para evitarse burlas y maltratos, tampoco ayuda a descorrer el vergonzoso velo de olvido que se tendió en el país sobre la cuestión indígena. Cuando se confirmó la decisión de restituir tierras a los ranqueles, una de las mujeres con antepasados indios fue entrevistada por un periodista de El Diario de La República. En medio de la nota, la mujer se arrepintió. Se tomó la cabeza con las manos y soltó el lamento “¡Uyyy, mis hermanos me van a matar, no quieren que por nada del mundo digamos que somos indios!”.
Cacique, se busca
A diferencia de lo que pasa en la provincia de La Pampa, donde subsisten comunidades de origen ranquel, en San Luis los descendientes no estrecharon vínculos. Ni siquiera tenían un jefe y tuvieron que designar uno de apuro para negociar con el gobierno cómo iba a ser el traspaso de tierras.
El más inquieto, el que más conocimientos tenía sobre su árbol genealógico, él único que manejaba un puñado de términos del idioma ranquelino (una variedad del mapuche) y -no fue detalle menor- uno de los pocos que tenía vehículo para viajar a San Luis a entrevistarse con las autoridades, era Walter Ernesto Moyetta.
Así fue como, urgidos por la necesidad, los descendientes ranqueles de esta parte del mapa inauguraron la modalidad de “cacique con apellido gringo”.
Moyetta fue el primero en mudarse al campo comunitario. No esperó que estuviesen listas las 24 casas que les están construyendo, ni el hospital ni el salón vecinal. Se mudó en noviembre con sus ovejas y unas pocas vacas desde un pequeño lote que tiene en la localidad de Jorba. Lo acompañaron tres peones que, ahora, son tan propietarios del lugar como él.
El amarillo del paisaje no cambia cuando Garro abre la tranquera o la puerta de entrada del nuevo territorio indígena.
Primero nos topamos con una cuadrilla que intenta darles forma a los edificios prometidos por el gobierno. A buena distancia de allí se alcanzan a ver las plataformas de las casas que guardan suficiente distancia entre ellas, “como ocurría con las tolderías”, apunta Garro.
El objetivo del gobierno era inaugurar la nueva comunidad el 23 de junio próximo, es decir, en el Año Nuevo Ranquel, pero no hay muchas chances de que todo esté listo para esa fecha. Nadie se lo reprochará, qué más da esperar un puñado de meses más a un pueblo entrenado en el arte de la espera, casi siempre infructuosa.
Con el fotógrafo de PUNTAL, barremos el terreno con la mirada en busca del lonco. Frente nuestro hay un molino que aletea desganado, un galpón de chapas rodeado de perros desmayados por la abulia y, sentado entre los animales, un gaucho de rostro apergaminado rasquetea un bozal con un facón que mete miedo. “Muchachos, les presentó al lonco”, anuncia Garro.
Moyetta, el adelantado
Lo primero que impacta de este cacique moderno es el tono potente y cantarín con que suelta las frases. Rápido de sesera, el hombre que bordea los 70 tiene el don del habla: “Ya tenía pensado venir desde antes de que hicieran el acto en la laguna, pero otro mozo, desconfiado como todo ranquel, no quería venir porque tenía miedo de echar la mala. Me decía, si vos echás la mala tenés un campito para volver -chiquito como regalo de gringo, aclara-, en cambio yo no tengo dónde ir. Vamos, si tan mal no nos va ir, hombre, le dije. Y acá estamos”.
No se arrepiente. El campo que les tocó en suerte no podrá cultivarse, pero sus pastos son excelentes. El lo cuenta de una manera inmejorable: “Usted sabe que acá he hecho un descubrimiento grandísimo. Me vine con unas poquitas vacas que tenía a las que les conocía todos los huesos. ¡Estudiaba anatomía bovina en ellas!, venas, arterias, todo les conocía. Pero resulta que en tres o cuatro meses, todo eso se borró. Se cubrieron de grasa bajo el cuero. ¡No puedo estudiar más anatomía!”.
De chico fue consciente de su origen. “Lo supe toda la vida porque mi abuela me lo contaba. A su abuela la robó un indio en uno de esos malones que hubo allá por 1820. Se la llevaron de la estancia Yácoro que todavía se llama así, pero no es más de los Quiñónez. Era la hija del patrón y se la llevaron. Con la familia de la que tengo genes dominantes calculamos que a mi bisabuela la engendraron en El Bagual porque ahí el malón ya se sentía más tranquilo. Como el padre de mi tatarabuela era hombre rico, la rescató con unos pocos caballos y, cuando se venía de vuelta, ella ya traía en su recado a una niñita: ¡era mi bisabuela, Nicanora Quiñónez!”.
-En eso, usted se diferenció de otros que mantenían tapada su historia familiar.
-Algunos lo taparon por vergüenza y otros porque no saben nada. Pa´ colmo son medio borrados de mente, no saben nada pero usted los ve y son ranqueles puros. Cómo se llama tu abuelo -pregunta a los gritos a un aborigen imaginario-. No, no sé, yo nunca los conocí -se responde, bajando el tono-. ¡Pero podrías haberles preguntado a tus padres! No… la verdad que hay poco interés, se lamenta.
-¿Y cree que esta idea del gobierno de reunirlos en estas tierras puede cambiar eso?
Moyetta niega con la cabeza y un chistido.
-No, no creo que vaya a cambiar nada. Lo que sí puede pasar es que alguna gente muy pobre se beneficie porque ahora por lo menos vamos a tener un lugar para caernos muertos, porque ahí vamos a hacer el enterratorio -señala cerca de una de las lagunas-, y yo voy a ser el que va a estrenar porque soy el más viejo. Se ríe con ganas.
Cuando se le pregunta por esposa o hijos, se ataja: “¡No me entre a raspar tanto la marca, amigo!”.
Alguien dirá que va por la tercera o cuarta esposa. Y de sus hijos dice: “Igual que Eleuterio Galván, tengo dos hijos en las casas y otros perdidos por ahí. No he servido pa´ reproductor, no he dado nada. Si hubiera sido reproductor hace rato que hubiera pasado para el frigorífico”.
En el campo pasa de lunes a sábados y el domingo se ve con su mujer. “Ella me ayuda a organizar las cosas, y se irá a venir una vez que tengamos la casa… y se irá a ir también. No creo que se quede como yo, lo que yo siento ahora es que estoy haciendo la vida que siempre me gustó vivir, tengo la mula gorda pa´ atropellar los caminos”.
-¿Cómo van a hacer para organizarse con las otras familias que vengan?
-¡Eso quisiera saber! Hay que adaptarse, amigo. Lo que está en comunidad es el campo. El que tenga animales irá a vivir porque acá no se puede sembrar. Es todo medano… guadal y guadal.
-Ahí va a estar la habilidad suya para conciliar los intereses de todos…
-¡Es que somos libres para hacer lo que queramos! Como le dije los otros días al gobernador. Nosotros tenemos la ley natural del respeto mutuo. Pero no es tan fácil la vida del campo. ¡Hay que ser camperito para estar acá! Cómo dijo Di Fulvio en una milonga: para meterse en estos campos, hay que ser ranquel, por lo menos”.
Publicado en Puntal el 18 de mayo de 2008
8.- El rescate de los orígenes en la tierra de la desmemoria
En las ramas más altas del árbol genealógico de Carlos Alberto reposa, oculta, una abuela cautiva al lado de un ranquel bravucón que asolaba en malón los parajes poblados, con la remota esperanza de detener el inexorable avance del huinca.
Lo que él sabe de oídas y por alguna conversación perdida con sus abuelos, parece denunciarlo a gritos el tono oscuro de su piel, los surcos profundos de un rostro tallado como para un western americano.
Carlos Alberto Escudero, padre de once hijos, peón rural desde siempre y arrojado por el destino en el kilómetro 3 de Villa Mercedes donde se las ingenió como pudo para alimentar a su regimiento, es parte del “Grupo de los 22”.
“Los 22” son los descendientes de ranqueles que fueron censados en las ciudades de Mercedes y Justo Daract y que recibirán una de las casas que se están levantando en el campo comunitario de 2.500 hectáreas que el gobierno de San Luis les entregó -como reparación histórica- en agosto del año pasado.
Ese acto sin precedentes sorprendió a muchos de estos peones y empleadas domésticas en la curva final de sus vidas y los obligó a mirarse en un espejo que por décadas mantuvieron convenientemente oculto. De buenas a primeras, lo que fue motivo de vergüenza y escarnio pasó a ser una valiosa marca de identidad y no hay cabeza que esté preparada para tanta contradicción.
Eso parecen decir Carlos Alberto, Juan Reynaldo o Juana Rosa, algunos de los descendientes aborígenes que hablaron de la mudanza en ciernes, y que eligen la cautela cuando se los entrevista.
Ahora que los vientos soplan a favor del reconocimiento a los pueblos originarios, no sobreactúan su condición genética y admiten sin rodeos la casi absoluta carencia de datos sobre sus antepasados.
Los abuelos no ayudaban, dice Carlos Alberto, el peón de 57 años que ya está viviendo en la porción de estancia que el gobierno les entregó, 140 kilómetros al sur de Villa Mercedes. “Uno les preguntaba y ellos hacían como que no se acordaban”, dice, suavecito, como perdonando.
Juan Reynaldo Benítez -cabellos y barba blanca que contrastan con la boina y la tez- no tuvo mucho mejor suerte cuando indagó por sus orígenes.
“Yo siempre supe de mis antepasados indígenas, pero de esas cosas no se hablaba. Me acuerdo que en la escuela decir indio era una mala palabra... ¡se usaba como un insulto!”.
Benítez agrega que, lentamente, la percepción sobre los pueblos originarios se va revirtiendo, “y en buena hora que así sea”.
Benítez, es uno de los primeros en la lista de colonos que estrenará el complejo habitacional en el nuevo territorio ranquel.
Dueño, esa palabra...
Es mediodía en plena pampa puntana y a Carlos Alberto el humo de un costillar de cordero que se asa a fuego lento lo hace lagrimear, o acaso el brillo de sus ojos se deba a la confesión de este hombre simple al que la palabra “dueño” siempre le fue esquiva.
Aunque es cierto que por vez primera tendrá una casa a su nombre y que esta porción de tierra ahora es tan suya como del resto de la peonada que vendrá a poblarla en pocos meses, no es el título de propiedad lo que le arranca un atisbo de alegría al rostro castigado: “La verdad que eso de ser dueño o no ser dueño no me importa tanto, lo bueno es que gracias a esto voy a poder vivir los pocos años que me queden a mi gusto, en el campo”, dice.
Su esposa, y sus dos hijos más chicos, de 9 y 15 años vendrán a completar el cuadro familiar cuando las viviendas que hoy apenas están a ras del piso, puedan ser habitadas.
Entretanto, Carlos Alberto pasa los días y las noches refugiado en un enorme galpón de chapas donde pueden verse tres pequeñas camas de una plaza.
Uno de los que lo acompañan en esta especie de reconquista de territorio ranquel es el propio lonco o cacique Walter Moyetta que, hasta hace poco era su patrón y que ahora tiene tanto derecho de propiedad sobre el campo comunitario como él.
La ilusión de Escudero es que no sólo sus hijos más chicos se vengan con él sino que el resto de la prole se entusiasme con la idea de repoblar esta zona desértica.
Esa es la apuesta del Centro de Estudios Ranquelino de Villa Merdedes y del propio gobierno provincial: que el lugar no se transforme en una especie de geriátrico a cielo abierto para los que nunca tuvieron nada, sino que se sumen los más jóvenes y puedan insufler sus ganas y sus ideas al declamado intento de revalorizar la cultura indígena.
Tierras para ampliar la zona restituida a los ranqueles no faltan. Son miles las hectáreas despobladas que están a nombre del gobierno de los Rodríguez Saá.
El más grande de los Saá, el gobernador Alberto, ya prometió que habrá nuevas entregas de tierras si este ensayo de justicia con efecto retroactivo resulta un éxito y más vecinos se suman al censo de descendientes que, por ahora, sólo integra una veintena de familias.
¿A qué viene este súbito interés de reparación histórica del gobierno de San Luis? Es la pregunta que más se hicieron en la provincia vecina cuando a mediados del año pasado lanzaron el anuncio.
La sorpresa fue mayor aún cuando las autoridades abrocharon otro acuerdo, esta vez con un puñado de familias descendientes de la tribu de los huarpes, a quienes el año pasado les devolvieron 6.800 hectáreas al sur de San Luis, llegando al límite con San Juan.
Los propios beneficiados por la medida desconocen la respuesta, pero no se cuestionan demasiado y se abrazan a la oferta, aunque para eso tengan que trasladarse unos cuántos kilómetros desde la ciudad al campo.
“Somos 6 hermanos y todos estamos anotados para irnos a vivir al campo, acá vino Moyetta, me hizo la conversación y al tiempo pasó de nuevo y dijo “ya tenemos las tierras”, y en eso estamos”, dice Juana Rosa Alcantaro, una empleada domésticas de sesenta y pico a la que no le sobran las palabras.
A ella, como al resto, le faltó el relato de algún mayor que echara luz en su historia familiar. “A mis abuelos yo casi no los conocí, y mis padres no hablaban de eso”, dice, sin que la preja de ancianos que escuchan a sus espaldas hagan el mínimo intento por refutarla.
Cuando se le pregunta por la determinación que tomó el gobierno, Juana se muestra a favor, pero en su estilo parco no hay sitio para elogios desmedidos: “Muy buena la decisión -dice-, están devolviendo lo que no era de ellos”.
Publicado en Puntal el 19 de mayo de 2008
9.- Los Cisnes les cerrará las puertas del pueblo a dos abusadores
En Los Cisnes, un cronista de casos policiales se moriría de hambre. El jefe de la comisaría, el sargento primero Miguel Antonio Lucero, en realidad, no es jefe de nadie: su dotación está integrada por él mismo. Tal es la inacción de los delincuentes por aquí que la comisaría es para Lucero su lugar de trabajo y también su hogar. En la parte de atrás de ese edificio vive con su esposa, su hija y sus dos ayudantes Tyson y Layca, el boxer y la manto negro que no se despegan de él ni cuando sale a patrullar. En lugar de ladrar a los extraños o ponerse a la defensiva, los perros se arriman con sus hocicos amistosos, acaso contagiados por tanta serenidad.
En los cinco años que lleva a cargo del orden en el pueblo sólo dos episodios interrumpieron la calma de este caserío asentado entre dos bulevares, a 85 kilómetros de Río Cuarto y 25 de La Carlota. En 2003, un concubino atacó a su esposa con trece puñaladas en un ataque de celos. “No la mató… en realidad le dio unos puntazos”, suaviza el policía. Pero la segunda intervención de Lucero dejó huellas en él y en las 800 personas que habitan estas calles anchas y polvorientas. Ocurrió en Agosto del año pasado cuando, un niño de apenas 9 años se animó a contar que el dueño del bar del pueblo, Jorge Héctor Cremonezzi, y Benito Manuel Plaza, un peón que en los últimos años vivía en condiciones miserables, lo violaban desde hacía tiempo.
Lo que pudo quedar como un rumor más de los tantos que por años involucraron al comerciante -un abuelo de 68 años-, tomó forma de denuncia cuando los médicos que atendieron al pequeño redactaron el diagnóstico desolador que informaba: “orificio anal dilatable, pliegues radiados y tono esfinteriano disminuido, las lesiones y síntomas descriptos son altamente indicativos de abuso sexual crónico”.
La primera reacción de Cremonezzi cuando tantos años de sospecha finalmente se transformaron en evidencia fue huir desesperadamente, pero no tardaron en localizarlo y ponerlo tras las rejas, junto a su amigo, Plaza, apenas un año menor que él.
La conmoción fue inmediata. De Plaza, el peón linyera, nadie esperaba semejante acto de crueldad. El hombre llegó de grande desde Huanchilla, tenía fama de trabajador y no se metía con nadie. De Cremonezzi, en cambio, se decía que tenía el hábito de ganarse la confianza de los chicos para luego manosearlos en los fondos de su bar.
Pero a esta altura, y luego de que ambos reconocieran ante una jueza que sometieron al niño a penetración anal y sexo oral, ya no hay distingos. La furia de toda la población los alcanza por igual y, cuando son interrogados, los vecinos no dudan en advertir que de ninguna manera van a permitir que vuelvan a poner un pie en Los Cisnes.
La reciente noticia de que ambos sólo recibieron 7 años de prisión por sus aberrantes actos, dejó al pueblo mascullando una rabia que no se expresa en manifestaciones callejeras ni en pancartas, pero que es palpable, al menos para quien conoce el paño: “Acá la gente es pacífica, no es de andar opinando, pero vos los mirás y te das cuenta en el acto de que los vecinos no están bien, a causa de todo esto”, dice el sargento Lucero.
El dueño del comedor Don Antonio, un hombre de brazos gruesos y pocas pulgas, coincide con el policía: “Este era un pueblo lindo, tranquilo, pero esto lo destruyó”.
Se llama Horacio Tomi, y no es un actor secundario en esta historia. Empezó a seguir de cerca la conducta de Cremonezzi hace 8 años cuando descubrió que había abusado de una niña del pueblo. Su primer impulso fue moler a golpes al pervertido, cosa que hizo, pero no se conformó con eso y lo denunció en la policía de La Carlota. Como la niña había quedado demasiado afectada como para inculpar a su atacante, la causa no prosperó y el dueño de el bar “El Talla” siguió al acecho.
Horacio recuerda que el psicólogo de los Tribunales de Río Cuarto que entonces participó del caso le advirtió que pusiera sobreaviso a todos en el pueblo del peligro que corrían. “Yo lo hice, empecé a hablar con todos los que podía; mis amigos me creyeron, otros no me dieron importancia. Siento que si entonces me hubieran apoyado, todo esto se podría haber evitado”.
El policía Lucero cree que todos, incluso él, pudieron hacer algo más para torcer tanto dolor. “Yo siempre lo seguí de cerca, pero esto fue algo que se nos escapó a todos”.
La situación de desamparo de la víctima permitió que los sexagenarios actuaran con toda impunidad. El niño, es el mayor de cinco hermanos que habitaban un hogar atravesado por las necesidades y algunos rasgos de abandono. “Cuando yo iba a verlos, -confía el agente- la madre tenía como viente pañales usados debajo de la mesa donde comían todos”.
El ataque sexual terminó por destruir a esa familia. A los pocos meses, la Justicia le retiró a la pareja los cinco hijos: los tres varones -incluída la víctima del abuso- fueron alojados juntos en un hogar de menores, y las dos nenas fueron a parar a otro hogar, en pueblos diferentes.
Nadie sabe definir bien qué es lo que cambió aquí, después de que tanta saña salió a la luz. Pero detrás de la aparente abulia pueblerina, se oculta una chispa de desconfianza, una inquietud que nunca antes habían experimentado: “Acá todos los chicos andan en la calle, y entre todos nos cuidamos los hijos, yo le digo al vecino, “che lo vi al tuyo en la otra punta del pueblo”, y así...pero todos en el fondo nos hemos puesto más desconfiados”, dice Horacio Tomi.
El, como muchos otros, se quedó perplejo cuando se enteró de que la Justicia les aplicó a los dos violadores una condena de 7 años. “Habíamos escuchado que iban a darles 18, pero cuando oímos la pena, fue como un balde de agua fría”.
En el taller de costureras que pronto espera tomar la forma de una cooperadora, un racimo de madres no oculta su indignación: “Si vuelven yo los mato, porque por más años que pasen en la cárcel, eso no se les va”, dice una de ellas, sin necesidad de aclarar que quiere decir con “eso”.
Detrás de las máquinas que dan forma a una pila de bombachas camperas, ellas se juramentan que harán lo imposible por franquearles las puertas del pueblo, a los dos abusadores que se robaron parte de la alegría del lugar.
La siesta impone una tregua al dolor. Ni un alma se ve en Los Cisnes. Sobre el bar El Talla -el sitio donde el niño era sometido a los peores tormentos- cayeron hace tiempo unas pesadas persianas de metal que nunca más se volvieron a levantar desde aquel triste día de agosto en que un pequeño de 9 años decidió que era hora de gritar en la cara de todos tanta impotencia contenida.
Después de la confesión, otros niños y niñas del pueblo se animaron a contar que alguna vez habían sido molestados por el dueño del bar.
Publicado en Puntal, el 21 de marzo de 2008
Nota diez El best seller de los libros de espiritualidad es un cura riocuartense
Víctor Fernández mantiene una relación despreocupada con la celebridad.
Su tono de voz pausado y amistoso, su andar despreocupado, la camisa a cuadros fuera del pantalón, la caprichosa combinación con una gorra deportiva que no se quitará en ninguna de las fotos, pese a los ruegos de la fotógrafa... Todo en él parece confabularse para lograr esa imagen de antidivo que lo acompaña como la espigada sombra que proyecta en los serenos pasillos del Seminario Mayor “Jesús del Buen Pastor”, su refugio cuando vuelve a Río Cuarto.
Eso, sin duda, le ayudó a salir indemne de un año editorial definitivamente consagratorio: en 2007, los libros publicados por el padre Tucho vendieron, en conjunto, alrededor de cien mil ejemplares, una cifra que desvelaría a cualquier escritor y que a él no le quita el sueño.
Lograr semejante friolera y continuar siendo un perfecto desconocido fuera del círculo en el que se mueve es un logro que reivindica.
“Justamente, para poder escribir lo que escribo necesito silencio, momentos de soledad, de reflexión que, si tuviera una vida pública demasiado expuesta, los perdería”, dirá.
“Los 5 minutos del Espíritu Santo”, una obra que le llevó más de dos años de trabajo y que incluye una reflexión para cada uno de los 365 días del año vendió más de 10 mil ejemplares en 2007 y generó una ola comentarios elogiosos, entre ellos, el del presidente de la Suprema Corte de Mendoza, y el de la vicejefa de Gobierno porteña, Gabriela Michetti.
“No lo quería escribir, porque tenía que hacer 365 reflexiones distintas y no podés inventar o poner cualquier cosa, prefiero tomar un tema y tratarlo a fondo”, explica y, ante la demanda de los lectores y la editorial, acaba de editar otro texto con el mismo formato de reflexiones diarias, “Un estímulo todos los días”.
-¿Cuándo empezó a llegar en forma masiva a la gente?
-Creo que hubo una mayor difusión a través de una colección que se llama Ser feliz, una serie de libros que toca temas que preocupan a las personas, por ejemplo, la ansiedad, la impaciencia, el nerviosimo, los apegos, los temores… Entonces, mucha gente veía los títulos y decía “esto es lo que a mí me pasa, yo estoy atrapado por los miedos, no sé cómo superarlo y no tengo ganas de ir a un psicólogo”. Esta colección fue leída por mucha gente que no era católica practicante. Ocurre que, en realidad, la mayoría de los habitantes de este país son creyentes. Las mismas encuestas lo dicen. Nada más que es una fe que por ahí está bastante oculta u olvidada, pero cuando esa gente toma un libro para vencer los miedos y encuentra consejos prácticos, pero también reflexiones espirituales, no siente rechazo porque haya un desarrollo más religioso, más espiritual. Puede pasar que lo lea un ateo convencido y diga esto no me sirve porque habla de Dios, pero en realidad la mayoría de la gente en este país no siente rechazo cuando le das un consejo que tiene que ver también con la fe o con la vida espiritual. De manera que a esta colección la leyó mucha gente que hacía mucho tiempo que no iba a misa o que no rezaba, pero sin embargo encontraba allí algo que tenía que ver con su problema y al mismo tiempo un estímulo para reencontrarse con su fe con su vida de oración y eso me dio más difusión.
-Hoy debe ser uno de los sacerdotes más leídos del país, si no el que más…
-Sí, de los autores religiosos o espirituales, sean sacerdotes o no, los libros míos son los más vendidos.
-¿Cómo toma usted ese fenómeno?
-En realidad yo escribo desde que tenía 5 años. Cuando aprendí en primer grado, ya escribía poesía, obritas de teatro… Pero inmediatamente después empecé a sentir la inquietud de escribir cosas que le sirvieran a los otros. Siempre cuando veo un problema, alguien angustiado por algo, me pregunto cómo puedo ayudar para que la gente supere eso. Con el paso de los años, empecé a encontrar mis propios problemas, mis propias angustias, mis propias perturbaciones interiores y me preguntaba como salir de eso. Entonces, uno lee y consulta cosas no sólo religiosas si no también de psicología y otros áreas y con el paso del tiempo uno empieza a unir todo. Te das cuenta de que no son cosas opuestas. Si un psicólogo descubre algo que le sirve a la gente y yo a través de la oración encuentro un camino de sanación y de liberación, las dos cosas van juntas. También leí otras religiones que tienen miles de años de experiencia y de sabiduría acumuladas y de todo eso fui buscando una síntesis y escribiendo algo que pudiera servir a la persona que tuviera una dificultad. De manera que yo podría decir que en los últimos veinte años siempre he tenido como una especie de obsesión interior por expresar por escrito algo que a otro le ayude a vivir mejor para que la gente descubra que la fe ayuda a vivir, la espiritualidad. Creer en Jesús no es algo que sólo se encuentra en lo más profundo del corazón sino también algo que puede tocar toda la vida y que ayudar a resolver muchas cosas que sin la fe se hacen más complicadas, más oscuras… Y creo que eso lo he logrado, que la gente a través de un libro diga esto es un texto espiritual que tiene que ver con la fe pero al mismo tiempo me ayuda a resolver un drama. Hay personas que no son creyentes, o que tienen rechazo por la religión y dicen que la religión es una cosa del secreto del corazón, es una cosa privada que no tiene nada ver con la vida externa. Quieren separar dos mundos. Para mí es exactamente al revés, si la fe es real es auténtica si uno de verdad abre el corazón a Jesús eso tiene que cambiarte la vida, tiene que ayudarte a vivir con más paz, con más libertad interior, con más fuerza, con más esperanza… Tiene que cambiarte tu forma de trabajar, tu forma de enfrentar las dificultades, tiene que cambiar todo, no tiene que quedarse escondido en un mundo secreto y creo que ese objetivo es lo que he logrado con los libros y por eso la gente los busca.
-¿Cómo hace para preservarse de todo lo que acompaña a un éxito editorial? ¿la fama, el contacto hipermediático?
-En realidad yo no escribo para lucirme. Los escritos míos no son una maravilla literaria. Busco escribir de manera sencilla y apuntar directamente a lo que la persona necesita. Yo soy ese tipo de personas que los otros usan cuando les hace falta, y no tengo ningún problema en que sea así. Que la persona lea mi libro y no necesite mucho más que eso porque si hablara conmigo yo no le podría decir mucho más que eso. Y no va a encontrar en mi grandes carismas. Tengo ese carisma para escribir de manera simple, concreta y práctica y creo que eso a la persona le sirve y no necesita nada más. Puedo servirle a mucha gente sin que eso implique fama o estrellato, que tampoco busco ni me hace falta. Porque, justamente, para poder escribir lo que escribo necesito silencio, momentos de soledad, de reflexión que, si tuviera una vida pública demasiado expuesta, los perdería. Eso es lo que les sucede a muchos escritores que se dejan tentar por la fama, empiezan a andar por todos lados dando charlas y después no tienen tiempo de calidad interior para seguir escribiendo cosas que a la gente le sirva. Empiezan a repetirse, a perder profundidad y así arruinan su carisma.
Publicado el 6 de enero de 2008 en Puntal.
Thursday, December 20, 2007
Los hijos de Ernestina
Sabían que hay una fuerte presunción de que los hijos adoptivos de Ernestina "Clarín" Noble en realidad son hijos de un matrimonio desaparecido durante la dictadura? (Por el caso, la dueña de Clarín fue detenida años atrás por el juez Marquevich, a quien luego apartaron del caso)Sabían que la Justicia acaba de otorgarle a "La señora" el privilegio de que se hagan el ADN en una vía alternativa a la usual, sin que las muestras queden a disposición de Abuelas de Plaza de Mayo. En la sección "zona dura" del sitio diariosobrediarios.com.ar se puede ver en detalle.
Sunday, October 28, 2007
Voto cautivo (Por primera vez la democracia entró a la cárcel de Río Cuarto)
La 110 fue la única mesa de toda la ciudad que convocó a votantes de siete provincias diferentes. Es una de las dos que se habilitaron en la cárcel de Río Cuarto. Por ahí pasaron los Menducos, Sanjuas, Puntanos, Pampas, Porteños y otros cuantos que por ahí perdieron el alias que remite al lugar de procedencia para quedarse con otro más heavy, el que se tatuaron en un brazo con trazo tembloroso en tinta china o el que uno podría conocer repasando sus prontuarios.
La otra mesa, la 15 es la de las mujeres y ahí el asunto es más sencillo, como todas las detenidas son de Río Cuarto o de la región, en las opciones de voto sólo figuraron, además de los candidatos a presidente, únicamente los legisladores cordobeses.
Las autoridades electorales simplificaron las cosas de tal forma que, en lugar de toparse con una orgía de boletas, los internos sólo tenían que entrar al cuarto oscuro con una planilla y un sellito, y estampar la marca en el casillero que correspondía al candidato elegido.
Así, por vez primera, las urnas entraron al Servicio Penitenciario Número 6. Tímida, casi como pidiendo permiso, la democracia fue colándose entre los barrotes, 24 años después de haber sido instaurada formalmente.
No es que haya existido un operativo clamor para reclamar intramuros el derecho a poder elegir a sus representantes, al menos no por estos lados, confía el alcaide mayor Juan Carlos Ramallo. “No era un pedido insistente, simplemente el gobierno lo dispuso y acá estamos”, dice Ramallo, mientras de a uno trasponen un pesado portón enrejado las votantes femeninas primero y después ellos.
En el debut, fueron minoría los que estaban en condiciones de hacer valer el derecho que les concedió la Ley Nacional 25.858 (sancionada el 29 de diciembre de 2003), apenas 35 entre una población de 380 presos, entre procesados y condenados.
Según la norma, sólo pueden sufragar aquellos internos que aún no tienen condena firme. Pero aún dentro del grupo de los procesados fueron muy pocos los que quedaron en la línea de largada hacia la urna porque la enorme mayoría se encuentra indocumentada. Sí, la concesión que hizo el gobierno sirvió, entre otras cosas, para dejar al desnudo el altísimo porcentaje de indocumentados que pueblan las cárceles del país.
“Está en el ABC del delito, ningún ladrón sale a robar con su documento” dice alguien en la cárcel. El DNI como delator. Por qué usar el nombre que te colocaron en el bautismo si la imaginación puede elucubrar otro más apropiado, más seguro, menos buchón.
El alcalde tiene fresco en su memoria al preso que trasladaron hace pocos días: “Tenía tres apellidos distintos, seis nombres”, se ríe y la deja picando para la ocurrencia de un guardiacárcel: “Con ese, un puntero político se hace una panzada y lo hace votar tres veces”.
Hablamos con el alcalde, con los guardiacárceles, con las autoridades de las dos mesas de votación, pero no con los presos. Desde hoy, tienen voto pero por “órdenes de arriba” no tienen voz. Más que un buenos días no se les puede arrancar porque la directiva de Córdoba fue clara. Nada de entrevistas a los internos.
Desde que José Manuel De la Sota llegó al gobierno pueden considerarse afortunados los periodistas que lograron una exclusiva puertas adentro de algún penal cordobés. Lo que antes de la asunción de DLS requería una simple autorización del director de la cárcel hoy es un dificultoso trámite que marea al cronista entre llamados y mails hasta que agotado de esperar una respuesta, desiste de la nota.
Así que los cronistas de los medios electrónicos archivan de entrada la idea de ensayar un boca de urna. Igual, siempre algo se filtra. Parece que en el menú electoral la oferta más potable para los presos viene de San Luis. “El que más les gusta es Rodríguez Saa”, deslizan. “¿La Cristina? Noooo, la asocian con las leyes de Blumberg que endurecieron las penas para el delito, a ella no la votan seguro”, aclaran, y uno sigue preguntando. “¿El mesias? Menos, si ese dice que los presos tienen que estar de por vida en las cárceles”.
Nos arrimamos a la mesa masculina. Los gruesos brazos tatuados de Gonzalo, contrastan con su postura cabizbaja y una voz que no dice, susurra: “No se leer”. Entonces, el presidente de mesa lo acompaña al cuarto oscuro y el muchacho regresa triunfante, listo para depositar dentro de la urna la papeleta con signos incomprensibles.
También hubo iletrados en la mesa femenina. Una de las internas, dentro del cuarto, le pidió a la presidenta de mesa -Claudy Contreras, la misma Psicopedagoga que a diario les da clase en el secundario que funciona en la cárcel- que la ayudara a encontrar el candidato al que un familiar le indicó que tenía que votar. Paciente, la psicopedagoga ensaya una clase de civismo, explicándole que el voto es una decisión personal. La interna comprende enseguida. Ahora más firme, le repite que le ayude a encontrar el mismo candidato que le indicó hace unos segundos: queda claro que su decisión personal es acatar la decisión de su familiar y punto.
A simple vista, el ingreso de las dos urnas apenas si alteró el paisaje cotidiano de la cárcel. Es domingo a la mañana, momento de las visitas femeninas a los presos. Como de costumbre, pasan las novias y las madres cargadas con las viandas para la semana.
Parece un domingo más, pero el cronista sospecha que una treintena de voluntades terminaron por transformar a este en un domingo histórico.
La otra mesa, la 15 es la de las mujeres y ahí el asunto es más sencillo, como todas las detenidas son de Río Cuarto o de la región, en las opciones de voto sólo figuraron, además de los candidatos a presidente, únicamente los legisladores cordobeses.
Las autoridades electorales simplificaron las cosas de tal forma que, en lugar de toparse con una orgía de boletas, los internos sólo tenían que entrar al cuarto oscuro con una planilla y un sellito, y estampar la marca en el casillero que correspondía al candidato elegido.
Así, por vez primera, las urnas entraron al Servicio Penitenciario Número 6. Tímida, casi como pidiendo permiso, la democracia fue colándose entre los barrotes, 24 años después de haber sido instaurada formalmente.
No es que haya existido un operativo clamor para reclamar intramuros el derecho a poder elegir a sus representantes, al menos no por estos lados, confía el alcaide mayor Juan Carlos Ramallo. “No era un pedido insistente, simplemente el gobierno lo dispuso y acá estamos”, dice Ramallo, mientras de a uno trasponen un pesado portón enrejado las votantes femeninas primero y después ellos.
En el debut, fueron minoría los que estaban en condiciones de hacer valer el derecho que les concedió la Ley Nacional 25.858 (sancionada el 29 de diciembre de 2003), apenas 35 entre una población de 380 presos, entre procesados y condenados.
Según la norma, sólo pueden sufragar aquellos internos que aún no tienen condena firme. Pero aún dentro del grupo de los procesados fueron muy pocos los que quedaron en la línea de largada hacia la urna porque la enorme mayoría se encuentra indocumentada. Sí, la concesión que hizo el gobierno sirvió, entre otras cosas, para dejar al desnudo el altísimo porcentaje de indocumentados que pueblan las cárceles del país.
“Está en el ABC del delito, ningún ladrón sale a robar con su documento” dice alguien en la cárcel. El DNI como delator. Por qué usar el nombre que te colocaron en el bautismo si la imaginación puede elucubrar otro más apropiado, más seguro, menos buchón.
El alcalde tiene fresco en su memoria al preso que trasladaron hace pocos días: “Tenía tres apellidos distintos, seis nombres”, se ríe y la deja picando para la ocurrencia de un guardiacárcel: “Con ese, un puntero político se hace una panzada y lo hace votar tres veces”.
Hablamos con el alcalde, con los guardiacárceles, con las autoridades de las dos mesas de votación, pero no con los presos. Desde hoy, tienen voto pero por “órdenes de arriba” no tienen voz. Más que un buenos días no se les puede arrancar porque la directiva de Córdoba fue clara. Nada de entrevistas a los internos.
Desde que José Manuel De la Sota llegó al gobierno pueden considerarse afortunados los periodistas que lograron una exclusiva puertas adentro de algún penal cordobés. Lo que antes de la asunción de DLS requería una simple autorización del director de la cárcel hoy es un dificultoso trámite que marea al cronista entre llamados y mails hasta que agotado de esperar una respuesta, desiste de la nota.
Así que los cronistas de los medios electrónicos archivan de entrada la idea de ensayar un boca de urna. Igual, siempre algo se filtra. Parece que en el menú electoral la oferta más potable para los presos viene de San Luis. “El que más les gusta es Rodríguez Saa”, deslizan. “¿La Cristina? Noooo, la asocian con las leyes de Blumberg que endurecieron las penas para el delito, a ella no la votan seguro”, aclaran, y uno sigue preguntando. “¿El mesias? Menos, si ese dice que los presos tienen que estar de por vida en las cárceles”.
Nos arrimamos a la mesa masculina. Los gruesos brazos tatuados de Gonzalo, contrastan con su postura cabizbaja y una voz que no dice, susurra: “No se leer”. Entonces, el presidente de mesa lo acompaña al cuarto oscuro y el muchacho regresa triunfante, listo para depositar dentro de la urna la papeleta con signos incomprensibles.
También hubo iletrados en la mesa femenina. Una de las internas, dentro del cuarto, le pidió a la presidenta de mesa -Claudy Contreras, la misma Psicopedagoga que a diario les da clase en el secundario que funciona en la cárcel- que la ayudara a encontrar el candidato al que un familiar le indicó que tenía que votar. Paciente, la psicopedagoga ensaya una clase de civismo, explicándole que el voto es una decisión personal. La interna comprende enseguida. Ahora más firme, le repite que le ayude a encontrar el mismo candidato que le indicó hace unos segundos: queda claro que su decisión personal es acatar la decisión de su familiar y punto.
A simple vista, el ingreso de las dos urnas apenas si alteró el paisaje cotidiano de la cárcel. Es domingo a la mañana, momento de las visitas femeninas a los presos. Como de costumbre, pasan las novias y las madres cargadas con las viandas para la semana.
Parece un domingo más, pero el cronista sospecha que una treintena de voluntades terminaron por transformar a este en un domingo histórico.
Monday, October 08, 2007
Angustiado por las burlas en la escuela, lleva 15 meses encerrado
Es una severa víctima del bulling, el fenómeno de hostigamiento entre alumnos que se da en las escuelas. A los 17, cursaba el último año del secundario en Holmberg pero harto de ser el blanco de las burlas decidió abandonar y enclaustrarse en su humilde casilla. Tuvo un intento de suicidio y pide ayuda.
Sepultado por una espesa nube de guadal, el pueblo es una foto borrosa y, en medio de esa imagen distorsionada por las ráfagas, cuesta encontrar la casa de I.M.
Las dos iniciales preservan el nombre del adolescente que hasta hace un año y tres meses era un alumno más del Raúl Scalabrini Ortiz, el secundario de Holmberg.
En realidad, él nunca fue un alumno más. “Por mi condición de hijo de madre soltera, por ser pobre, y por mi fealdad... por todo eso, siempre fui el centro de las burlas”, dirá él, en la larga charla con el cronista.
Hacerle frente a su angustia y hablar ante un desconocido fue todo un acto de coraje para el adolescente que, desde el 30 de mayo de 2006, eligió enclaustrarse en su casa para no cometer una locura en el colegio.
Aseguró que, paralizado por las burlas, los golpes y las permanentes molestias de sus compañeros de clase, decidió dejar inconcluso el secundario, cuando sólo le quedaba un cuatrimestre por recorrer.
Desde entonces, no pudo remontar jamás su autoestima. Dejó de lado los entrenamientos en la cuarta de La Granada -el club del pueblo-, y no volvió a pisar el boliche porque en esos ámbitos las burlas continuaban.
Pero su determinación fue más drástica aún. Para evitar cualquier ocasión de toparse con alguien que pudiera molestarlo, se encerró y ni siquiera asoma su nariz para atender al vendedor de leña o al empleado que cada tanto les lleva la garrafa.
“La opción era hacer cualquier locura en el colegio... así que, en lugar de hacerle daño a alguien, decidí dañarme yo y encerrarme”, confesará.
Su relato encuadra dentro del fenómeno del bulling, como se denomina al hostigamiento que ejercen algunos alumnos sobre alguien a quien consideran más débil. Claro que el suyo es un caso extremo porque, en plena crisis, I.M. buscó quitarse la vida y fantaseó con hacer justicia con los compañeros de aula.
“Me animé a hablar porque necesito ayuda para irme de acá”, resumirá con un nudo en la garganta.
La revelación
El remís pasa de largo y dos vecinas en la vereda corrigen el destino para poder dar con el cuarto con techo de chapas donde vive I.M.
Su madre, una mujer de cincuentilargos castigada por una vida de trabajo, asoma la cabeza y duda antes de llamar a su hijo. El mediodía está cerca, pero él sigue en la cama, el lugar donde pasa la mayor parte de sus horas.
Su nivel de aislamiento llegó a tal punto que todos en el pueblo ignoran el motivo por el que abandonó los libros, empezando por sus compañeros, sus profesores (que lo consideran un alumno respetuoso y muy capaz), hasta llegar a su hermano mayor y su madre que -testigo de la charla-, irá enterándose en el transcurso de la entrevista de los pormenores de la decisión.
La charla se improvisa en un ambiente asfixiante. Una mesa cargada de frascos y utensilios, una montaña de ropas y trastos que emerge desde el piso hasta el techo de chapas, y una cama de una plaza ocupan las tres cuartas partes del lugar.
Una cárcel estatal acaso ofrezca mejores condiciones de vida que las que le tocaron a M.I.
-¿Qué fue lo que te llevó a encerrarte?, ¿hubo algún desencadenante?
-No, fue como la suma... se fue sumando todo. Me empujaban o me escupían la cara, me sabían golpear... a mí era al que siempre le pegaban. Los chicos me pegaban y las chicas parecía que disfrutaban de eso. Si hacía una tarea con un compañero, generalmente era porque nos unía la profesora. El único que quedaba solo siempre era yo. Fue una suma de todo eso y llegó un día en que algo iba a estallar y ya no aguantaba más, no fue algo especialmente.
-¿La decisión del encierro la tomaste cuando abandonaste el colegio?
(Se esfuerza para que le salga la voz) Sí, porque iba a estallar. Sabía que iba a hacer cualquier locura. O me iba a autolesionar o iba a hacer alguna locura con el primero que se burlara de mí, ya no aguantaba más.
En el colegio que funciona frente a la iglesia de Holmberg (donde años atrás estaba la terminal de ómnibus) no conocen los motivos por los que un alumno con la inteligencia de I.M. pudo desertar, cuando estaba a punto de recibirse.
-En el colegio no lo hablé nunca. Quedó como que faltaba sin causa... A lo mejor se pensaban que faltaba de vago... No sé si mi hermano cuando fue a explicar al colegio le contó eso a la directora, yo nunca se lo pregunté, pero tengo la sensación de que no. Los profesores nunca advirtieron lo que estaba pasando.
Lo dice con el mismo tono bajo, sin ánimo de acusar a nadie. Con ese mismo tono tímido alude a la fría relación que existe con su hermano mayor, y a las escasas chances de diálogo que le da una madre ocupada full time en poder reunir los 400 pesos al mes con los que sobreviven.
Cuando se le pregunta si parte del problema no puede partir de su propia percepción de los hechos, contesta:
-Hay que ver cómo se fueron desarrollando los prejuicios, con los años. Es cierto que por ahí puedo estar un poco paranoico, pero con ciertas cosas, le puedo asegurar que no en todas.
-¿Cómo era tu rendimiento en el colegio?
-Nunca repetí, ni en el primario ni en el secundario. Siempre fui un alumno con notas altas hasta el CBU, y luego fui un alumno mediocre en el ciclo de especialización. No voy a ser soberbio, pero era mediocre más por vago que por no tener capacidad. Puede ser que una parte haya sido irresponsabilidad mía, pero aunque pueda sonar exagerado, muchas veces no tenía ni ganas de vivir.
En 2005 tomó un arma y viajó a Río Cuarto. Estuvo deambulando largo rato hasta que llegó a una casa abandonada. Una vecina estaba vigilando sus pasos. Eso, dice, impidió que tomara una determinación trágica.
“Me preguntó qué hacía ahí, y me dijo que esa propiedad era de ella... cuando vio el arma, intentó calmarme. Me llevó hasta su casa y me dijo que esperara un segundo y ponía la pava para charlar”. Al rato un patrullero y varios agentes desbarataban sus intenciones.
La luz amarilla que M.I. encendía con su conducta no fue advertida.
En Tribunales, lo citaron y tuvo que declarar pero todas las preguntas giraron en torno al arma y cómo la había obtenido. “No les importaba mucho lo que me estaba pasando”, dice.
Sin embargo, a fines de ese año, una asistente social se contactó con él. “Hizo las veces de psicóloga, trató de hacerme entender que era joven.... todas esas cosas que se dicen. Me acuerdo que hacía calor, era noviembre o diciembre. Ella se iba de vacaciones y quedó en volver en marzo (del 2006) o iba a llamarme para hacer un abordaje con mi familia o algo así, pero ni me llamó ni nada”.
Dice que también pensó en ir a un psicólogo, pero le aterra la idea de salir de su casa. “Acaso me pueda ayudar, pero no va a ser la solución, porque mi problema es la gente del pueblo. Voy a salir a la calle y se van a seguir burlando de mí. Siento que tengo que irme de acá”.
Ese objetivo fue lo que lo convenció de tomar el teléfono y hacer la llamada desesperada al diario. “No me importa trabajar en el campo, en lo que sea... Con la experiencia se aprenden las cosas... Antes no trabajé porque mi idea fue siempre terminar el colegio.... Fuí aguantando y aguantando hasta que, faltando sólo un mes para el primer cuatrimestre, no dí más”.
Es el final de la charla, el viento persistente sigue azotando el pueblo sin piedad. Es mediodía y M. I. apenas se entera. Desde que decidió cortar todo lazo con su comunidad, se despierta a cualquier hora del día, siempre con la misma obsesión: “Me levanto a esperar que se termine el día para volver a acostarme”.
El semáforo de M.I. tiene encendida la luz roja, y en el apretón de manos de la despedida, adivino el reclamo para que esta vez la señal de auxilio no pase desapercibida.
Sepultado por una espesa nube de guadal, el pueblo es una foto borrosa y, en medio de esa imagen distorsionada por las ráfagas, cuesta encontrar la casa de I.M.
Las dos iniciales preservan el nombre del adolescente que hasta hace un año y tres meses era un alumno más del Raúl Scalabrini Ortiz, el secundario de Holmberg.
En realidad, él nunca fue un alumno más. “Por mi condición de hijo de madre soltera, por ser pobre, y por mi fealdad... por todo eso, siempre fui el centro de las burlas”, dirá él, en la larga charla con el cronista.
Hacerle frente a su angustia y hablar ante un desconocido fue todo un acto de coraje para el adolescente que, desde el 30 de mayo de 2006, eligió enclaustrarse en su casa para no cometer una locura en el colegio.
Aseguró que, paralizado por las burlas, los golpes y las permanentes molestias de sus compañeros de clase, decidió dejar inconcluso el secundario, cuando sólo le quedaba un cuatrimestre por recorrer.
Desde entonces, no pudo remontar jamás su autoestima. Dejó de lado los entrenamientos en la cuarta de La Granada -el club del pueblo-, y no volvió a pisar el boliche porque en esos ámbitos las burlas continuaban.
Pero su determinación fue más drástica aún. Para evitar cualquier ocasión de toparse con alguien que pudiera molestarlo, se encerró y ni siquiera asoma su nariz para atender al vendedor de leña o al empleado que cada tanto les lleva la garrafa.
“La opción era hacer cualquier locura en el colegio... así que, en lugar de hacerle daño a alguien, decidí dañarme yo y encerrarme”, confesará.
Su relato encuadra dentro del fenómeno del bulling, como se denomina al hostigamiento que ejercen algunos alumnos sobre alguien a quien consideran más débil. Claro que el suyo es un caso extremo porque, en plena crisis, I.M. buscó quitarse la vida y fantaseó con hacer justicia con los compañeros de aula.
“Me animé a hablar porque necesito ayuda para irme de acá”, resumirá con un nudo en la garganta.
La revelación
El remís pasa de largo y dos vecinas en la vereda corrigen el destino para poder dar con el cuarto con techo de chapas donde vive I.M.
Su madre, una mujer de cincuentilargos castigada por una vida de trabajo, asoma la cabeza y duda antes de llamar a su hijo. El mediodía está cerca, pero él sigue en la cama, el lugar donde pasa la mayor parte de sus horas.
Su nivel de aislamiento llegó a tal punto que todos en el pueblo ignoran el motivo por el que abandonó los libros, empezando por sus compañeros, sus profesores (que lo consideran un alumno respetuoso y muy capaz), hasta llegar a su hermano mayor y su madre que -testigo de la charla-, irá enterándose en el transcurso de la entrevista de los pormenores de la decisión.
La charla se improvisa en un ambiente asfixiante. Una mesa cargada de frascos y utensilios, una montaña de ropas y trastos que emerge desde el piso hasta el techo de chapas, y una cama de una plaza ocupan las tres cuartas partes del lugar.
Una cárcel estatal acaso ofrezca mejores condiciones de vida que las que le tocaron a M.I.
-¿Qué fue lo que te llevó a encerrarte?, ¿hubo algún desencadenante?
-No, fue como la suma... se fue sumando todo. Me empujaban o me escupían la cara, me sabían golpear... a mí era al que siempre le pegaban. Los chicos me pegaban y las chicas parecía que disfrutaban de eso. Si hacía una tarea con un compañero, generalmente era porque nos unía la profesora. El único que quedaba solo siempre era yo. Fue una suma de todo eso y llegó un día en que algo iba a estallar y ya no aguantaba más, no fue algo especialmente.
-¿La decisión del encierro la tomaste cuando abandonaste el colegio?
(Se esfuerza para que le salga la voz) Sí, porque iba a estallar. Sabía que iba a hacer cualquier locura. O me iba a autolesionar o iba a hacer alguna locura con el primero que se burlara de mí, ya no aguantaba más.
En el colegio que funciona frente a la iglesia de Holmberg (donde años atrás estaba la terminal de ómnibus) no conocen los motivos por los que un alumno con la inteligencia de I.M. pudo desertar, cuando estaba a punto de recibirse.
-En el colegio no lo hablé nunca. Quedó como que faltaba sin causa... A lo mejor se pensaban que faltaba de vago... No sé si mi hermano cuando fue a explicar al colegio le contó eso a la directora, yo nunca se lo pregunté, pero tengo la sensación de que no. Los profesores nunca advirtieron lo que estaba pasando.
Lo dice con el mismo tono bajo, sin ánimo de acusar a nadie. Con ese mismo tono tímido alude a la fría relación que existe con su hermano mayor, y a las escasas chances de diálogo que le da una madre ocupada full time en poder reunir los 400 pesos al mes con los que sobreviven.
Cuando se le pregunta si parte del problema no puede partir de su propia percepción de los hechos, contesta:
-Hay que ver cómo se fueron desarrollando los prejuicios, con los años. Es cierto que por ahí puedo estar un poco paranoico, pero con ciertas cosas, le puedo asegurar que no en todas.
-¿Cómo era tu rendimiento en el colegio?
-Nunca repetí, ni en el primario ni en el secundario. Siempre fui un alumno con notas altas hasta el CBU, y luego fui un alumno mediocre en el ciclo de especialización. No voy a ser soberbio, pero era mediocre más por vago que por no tener capacidad. Puede ser que una parte haya sido irresponsabilidad mía, pero aunque pueda sonar exagerado, muchas veces no tenía ni ganas de vivir.
En 2005 tomó un arma y viajó a Río Cuarto. Estuvo deambulando largo rato hasta que llegó a una casa abandonada. Una vecina estaba vigilando sus pasos. Eso, dice, impidió que tomara una determinación trágica.
“Me preguntó qué hacía ahí, y me dijo que esa propiedad era de ella... cuando vio el arma, intentó calmarme. Me llevó hasta su casa y me dijo que esperara un segundo y ponía la pava para charlar”. Al rato un patrullero y varios agentes desbarataban sus intenciones.
La luz amarilla que M.I. encendía con su conducta no fue advertida.
En Tribunales, lo citaron y tuvo que declarar pero todas las preguntas giraron en torno al arma y cómo la había obtenido. “No les importaba mucho lo que me estaba pasando”, dice.
Sin embargo, a fines de ese año, una asistente social se contactó con él. “Hizo las veces de psicóloga, trató de hacerme entender que era joven.... todas esas cosas que se dicen. Me acuerdo que hacía calor, era noviembre o diciembre. Ella se iba de vacaciones y quedó en volver en marzo (del 2006) o iba a llamarme para hacer un abordaje con mi familia o algo así, pero ni me llamó ni nada”.
Dice que también pensó en ir a un psicólogo, pero le aterra la idea de salir de su casa. “Acaso me pueda ayudar, pero no va a ser la solución, porque mi problema es la gente del pueblo. Voy a salir a la calle y se van a seguir burlando de mí. Siento que tengo que irme de acá”.
Ese objetivo fue lo que lo convenció de tomar el teléfono y hacer la llamada desesperada al diario. “No me importa trabajar en el campo, en lo que sea... Con la experiencia se aprenden las cosas... Antes no trabajé porque mi idea fue siempre terminar el colegio.... Fuí aguantando y aguantando hasta que, faltando sólo un mes para el primer cuatrimestre, no dí más”.
Es el final de la charla, el viento persistente sigue azotando el pueblo sin piedad. Es mediodía y M. I. apenas se entera. Desde que decidió cortar todo lazo con su comunidad, se despierta a cualquier hora del día, siempre con la misma obsesión: “Me levanto a esperar que se termine el día para volver a acostarme”.
El semáforo de M.I. tiene encendida la luz roja, y en el apretón de manos de la despedida, adivino el reclamo para que esta vez la señal de auxilio no pase desapercibida.
Monday, May 21, 2007
Pseudofamosos encerrados, libros abiertos
El relojito del microondas marca las 4.17 del lunes. Bah, sólo dice 4.17, lo otro es pura inferencia porque a esta hora –insomnio de por medio- la sensación es que sigue siendo domingo. Escribir en este momento del día o de la noche puede ser arriesgado porque es cuando suelen brotar esas ideas insuperables que, a la hora del primer meo de la mañana, sabemos son pura bazofia.Protegido por ese autoengaño tecleo y mientras tecleo rastreo las causas del maldormir. Ya no puedo seguir culpando a Mia. La beba cumplió mes y medio y los baches de llanto en plena noche están empezando a espaciarse. Toda la culpa esta vez la tuvo la mezcolanza catódica. Un rato antes de la medianoche clavé el control en Telefé. Según la grilla de horarios en cuestión de minutos arrancaba Ver para leer, el programa de literatura de Juan Sasturain que empezó hace un par de semanas. Pero en la tele, ahora y siempre… (¡pero sobre todo ahora!) todo vale así que no me tendría que haber extrañado el cambiazo. En lugar del director de la Fierro, lo que inundó la pantalla hasta un buen rato después de la medianoche eran los ojos de Rial. Cómo me impresionan esos ojos. Si tuviera que describirlos el adjetivo apropiado sería bobo, pero no, Rial no es ningún estúpido, es un vivísimo que nos viene vendiendo humo a precio de bicoca. ¿O los millones de minutos que le regalamos los argentinos tienen precio? Uy, puse argentinos… me da cosita. Por ahí se lee como una defensa patriótica del televidente medio… ¡qué espanto! Cada uno es grandecito como para invertir o gastar sus minutos como quiera. Así que obviemos lo que dije de los argentinos y hagámosla simple. Decía que a esa hora nos prometieron Sasturain y nos dieron Rial. Pero no cualquiera sino un Rial recargado porque justo esta noche, y cuando todavía está fresco el cadáver de los mamotretos que perdieron la final de Gran Hermano, empezaba otro Gran Hermano, el de los famosos (¿?).La lógica del gerente de programación de Telefé es rebuscada por no decir kamikaze. Cuesta imaginar que la horda de Granhermaníacos se prenda con el primer programa sobre literatura de la TV abierta. Pero ese Villarruel es realmente talentoso. No tendrá perdón de Dios, pero mientras no se demuestre que Dios existe y que se moleste en perdonarnos, el tipo tiene crédito de sobra para gozar sin culpas de las mieles del éxito. Sólo a él se le puede ocurrir el pastiche de poner VPL después de GH.No sé cuanto midió Ver para Leer a las 12.40 (que fue la hora que más o menos largó), y a quién carajo –además de Villaruel y los anunciantes, claro- puede importarle, pero seguro que algunos de los que asistían a la gala inaugural de esos pseudofamosos siguieron en Telefé aunque más no sea por inercia.Si fue así, bien por Sasturain porque así habrá ciclo para rato. Su odisea televisiva dura media horita pero en ese rato el tipo de las ristras blancas conmueve. El leit motiv de su programa esta vez fue “qué le regalo a mi hija de 16”. Ropa no, dice, porque ya la disfrazaba como quería cuando era chiquita, música tampoco porque no creo que le guste Miles Davis y no quedaría bien que le pregunte qué disco quiere que le regale… un libro, sin duda tiene que ser un libro se convence Juan. Y de entre todos se queda con Nueve Cuentos, de J.D. Salinger. Uno lo escucha hablar con tanto amor de ese libro que dan ganas de salir corriendo a leerlo y me quedo con las ganas. En mis manos tuve una edición vieja que un lector voraz me prestó antes de ir de vacaciones al Valle de Punilla, pero las curvas de las altas cumbres me atontaron tanto que el librito quedó olvidado en la butaca del colectivo y nunca más lo recuperé. Sasturain habla con su colega Birmajer –el Woody Allen de las pampas, según una crítica literaria norteamericana- y el escritor joven le confiesa al veterano que esos Nueve Cuentos cambiaron para siempre su visión de la literatura. Se lo dice agradecido porque fue Sasturain quien le puso ese libro en las manos, cuando Birmajer era un apellido más de la guía telefónica.Con cuántos más habrá repetido el gesto esta noche. Cuántos de los que buscaron ver a Vadalá y al Roña Castro en la casa de Gran Hermano habrán comprado el libro de Salinger al día siguiente. Quién sabe. Por ahí fueron muchos más de los que me deja imaginar el prejuicio.Como sea, vale la pena hacerle el aguante al bueno de Sasturain las medianoches de domingo, aunque para eso tengamos que tragarnos el sapo de los pseudofamosos y la mezcolanza termine por quitarnos el sueño.Esa era la idea que no me dejaba descansar… recomendar que vean Ver para Leer. Y ahora los dejo, ya va siendo la hora de la primera orina.
Tuesday, January 16, 2007
El minidictador, según Magalú

Señas particulares
Nombre: Salvador
Edad: 6
Frases favoritas: ninguna en particular pero en vacaciones todas empiezan con: "Comprame..." y "Me dejás..."
En estos últimos ocho días, el minidictador rebeló lo más arraigado de su carácter y redujo a sus padres a la categoría de simples artefactos para satisfacer sus necesidades básicas y de las otras. Ke lindas son las vacaciones cuando no pasaste el metro cuarenta!!!
Siempre se vuelve a Carlos Paz
Van como tres veces que me pasa lo mismo: vuelvo de Carlos Paz convencido de que esa va a ser la última ocasión que lo visitaré, pero la tarifa superbarata de la Casa del Periodista, la cercanía o la comodidad me llevan a reincidir. Lo que más bronca da es saber que al final del verano vos y tu flía van a ser uno más de los que van a engrosar la cifra récord de turistas en la tapa de La Voz del Interior.
Te abrís paso entre la horda de cuerpos en el centro, dejás atrás al cieguito que toca el bongó, al barney que putea si le sacás una foto sin garpar, y al ladino del payaso que te hace enfrentar con tu propio crío si no le comprás el globo alargado como forro supersize.
Mirás con aire de superioridad al porteño con la piel colorada de sol y cerveza que sigue a las risotadas el numerito de un tipo disfrazado de gorda histérica y pensás que giles que son estos, qué le vieron a este Carlos Paz. Lago podrido, actrices y actores de cuarta que refritan obras de teatro (juro que el Yayo anda promocionando por los altavoces su "Cuarteto obrero"!!!) y un tráfico criminal... pero sobre todo la creciente sensación de verte envuelto en semejante cóctel como uno más del decorado. Por más que pongás cara de culo y quieras demostrar que vos no sos parte de esa fiesta, regresás del centro con la intuición de que algún otro renegado te miró a la pasada y al verte de la mano de tu esposa y tu niño pensó qué carajo le ven estos giles a este lugar de mierda.
Como no da ponerse en forro en medio de unas vacaciones optás por relajarte (o hacés el intento), evitás con disciplina las ocasiones de meter la mano en la billetera en forma innecesaria
y jurás bajito que esta vez sí va ser la última... hasta la próxima vez.
Te abrís paso entre la horda de cuerpos en el centro, dejás atrás al cieguito que toca el bongó, al barney que putea si le sacás una foto sin garpar, y al ladino del payaso que te hace enfrentar con tu propio crío si no le comprás el globo alargado como forro supersize.
Mirás con aire de superioridad al porteño con la piel colorada de sol y cerveza que sigue a las risotadas el numerito de un tipo disfrazado de gorda histérica y pensás que giles que son estos, qué le vieron a este Carlos Paz. Lago podrido, actrices y actores de cuarta que refritan obras de teatro (juro que el Yayo anda promocionando por los altavoces su "Cuarteto obrero"!!!) y un tráfico criminal... pero sobre todo la creciente sensación de verte envuelto en semejante cóctel como uno más del decorado. Por más que pongás cara de culo y quieras demostrar que vos no sos parte de esa fiesta, regresás del centro con la intuición de que algún otro renegado te miró a la pasada y al verte de la mano de tu esposa y tu niño pensó qué carajo le ven estos giles a este lugar de mierda.
Como no da ponerse en forro en medio de unas vacaciones optás por relajarte (o hacés el intento), evitás con disciplina las ocasiones de meter la mano en la billetera en forma innecesaria
y jurás bajito que esta vez sí va ser la última... hasta la próxima vez.
Monday, January 08, 2007
Mondovino en la cinemateca
Las tres horas que demoró el buque Eladia Isabel en cruzar el Río de la Plata me fuí masoqueando con mi fino sentido de la oportunidad que me llevó a elegir pasar el fin de año en Uruguay cuando los asambleístas de Gualeguaychú planeaban impedir las salidas de los buquebús. Por suerte, este apátrida pudo tocar costa vecina sin incidentes.Hubo mar, días soleados, tardes en Colonia pero en la lista de souvenires pongo en primer lugar la tardecita en la Cinemateca de Montevideo, la que está a dos cuadras de la Plaza Cagancha. Programaban Mondovino, y me mandé. Primera sorpresa: aunque la pantalla era gigante, la proyección sólo ocupaba un trozo y encima con un encuadre tipo carré, osea que se morfaba una buena parte de la imagen original. Igual el documental o la parte que proyectaron justificaba la torpeza de pasar el primer día en Montevideo metido en una sala.
El documental se filmó con una cámara movediza que viaja por los principales centros vineros del mundo. De un lado, los viejos cultores del vino despotrican contra los superstar del momento, los críticos que recorren los viñedos y ganan fortunas ensalzaldo o hundiendo marcas con sus paladares. La cosa es más o menos así: si los tipos le ponen un cinco a un vino tal, esa bodega está frita. Entonces qué pasa? se olvidan del proceso natural, del sabor añejado y fabrican echando putas otro vino que se amolde al gusto de estos tíos.
Los viejitos se ponen loco con eso: ellos destacan el valor del terroir que viene a ser la maduración de un viñedo con los años, o la estrecha relación del vino con la tierra, o lo que carajo sea, pero lo que dicen suena sensato y uno termina defendiendo a muerte el terroir.
"El vino está muerto por culpa de la globalización del gusto", dice uno de los viejitos y entonces a te dan muchas ganas de tomarte todo el vino, pero del bueno y así darles una mano, aunque personalmente prefiera el fernet.
Postdata del post:
Reconozco que organizar un peregrinaje a Uruguay para concluir que lo mejor del viaje fue una peli que podría haber visto en BsAs suena zonzo, pero vale la pena. Si no la viste podés alquilarla o acaso bajarla de internet. Es más barato y seguro que viajar en buquebús.
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